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Olifante, tagarnina, marmitón

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Esteban Carlos Mejía
18 de diciembre de 2010 - 02:56 a. m.
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MI AMIGA ISABEL BARRAGÁN SE TIra al catre, no conmigo sino con una feroz bronquitis faringitis laringitis...

“¿Antiuribitis postrera?”, digo, por joder la vida. “Eso no es enfermedad, es quitapesares”. Está traspillada, como dicen las abuelas en Medellín. Ojerosa, pálida, langaruta. La voz le sale desangelada. Para reconfortarse tiene a monsieur Alejo Carpentier. “Es el más complejo de los autores del boom latinoamericano, tan añorado por Vargas Llosa”, dice. Está leyendo El siglo de las luces y acaba de terminar El recurso del método. “Dos obras capitales, Meji”, dice, antes de ponerse a toser. Quiero llamar a los bomberos, o sea, a los paramédicos pero, en un último instante agónico, se recupera. “Carpentier es un genio en crear entornos, tiempos y personajes, con extrema verosimilitud. Es el profeta de lo real maravilloso”. Hace una pausa, bronquios de por medio. “Lo real maravilloso es ‘una inesperada alteración de la realidad’. Algunos críticos, con dudoso criterio, opinaron que su estilo era barroco”. Nueva lidia con la tos. “¿Por rebuscado?”, pregunto. “No, sus rivales no resonaban con lo que él escribía”, dice tajante.

“Siempre es diáfano y fluido. Como sabía que hay una palabra para cada cosa y una cosa para cada palabra, no vacilaba en usar las más extravagantes”. Digo una, bigornia, la de José Obdulio. “Bigornia es de ladrones y rufianes”, dice con asco. Me horrorizo. “Consulta el DRAE si no me crees”. Convulsiona o tose, no sé. “Las palabras a lo Carpentier parecen en vía de extinción. Facebook, con posts de 420 caracteres, y Twitter, con trinos de 140 caracteres, nos están acostumbrando a lo simple y pendejo. A lo vulgar, por demás. Es ‘el laconismo militar de nuestra cultura’, según dice el Procurador Catoliquísimo”. “¿Laconismo militar y Procurador Catoliquísimo? ¿Dos pleonasmos? Estás enferma de verdad”. Sonríe desganada. “Corrijo, Alejandro Ordóñez es más mengue que cenobita”. “¿Qué?”. “Mengue es el diablo, ángel rebelado, y cenobita es alguien que profesa una vida monástica”.

Se ilumina con las palabras de Carpentier. “Garapiña, zambomba, regaliz”, dice. “Parece un verso”, digo. “Rafael Humberto Moreno-Durán decía que su nombre era un endecasílabo perfecto”. Isabel cuenta con los dedos, la jugosa boquita hecha estropicio por la fiebre. “Once, tal cual”. Improvisa: “Ñañigo, lampadario, picatoste. No quiere decir nada pero suena delicioso”, dice. “Esas eñes me saben a cazalla, azucarillo y morapio”. La risa es remedio infalible, decía o dice Selecciones del Reader’s Digest. El semblante de Isabel mejora con cada palabreja entresacada de su memoria de elefanta. “Astrágalo, cogulla, dogaresa. Olifante, tagarnina, marmitón. Infidente, chamarilero, cují. Ah, este Carpentier. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos”. Y, en vez de toser, les estampa un beso a los libros de su inspirado maestro.

Rabito de paja. “Se dice: ‘La absurda tragedia de Medellín’. Y se dice verdad. Ha sido esa, tal vez, la más absurda de cuantas tragedias han ocurrido en el país, porque era la más evitable”. El desastre de Media Luna, Gabriel García Márquez, julio de 1954.

Rabillo de paja. ¿God save the Queen? No. God save WikiLeaks!

 

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