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Pichones de escritor

Esteban Carlos Mejía

21 de noviembre de 2009 - 01:00 a. m.

MI AMIGA ISABEL BARRAGÁN ME INvita a nadar en la piscina de su urbanización. Le doy una excusa cualquiera: “Tengo nadaíto de perro”. “No le hace”, contesta, paisa ella. “Venga yo le enseño”.

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Es casi mediodía y, arriba en el cielo sin nubes, chispea un sol traicionero, dizque primaveral. Unos niños hacen bulla junto al trampolín. El bikini de Isabel parece un simulacro. Coge un spray y se echa bronceador en el cuello, entre los senos (redondos y correctos), alrededor del ombligo, en los muslos y las piernas. Se voltea, se tiende sobre una colchoneta, se desabrocha el brasier del bikini y me pide que le eche antisolar. “Con el spray… no”, dice. “Con tus manos, nene”. Trago saliva, ¡qué más puedo hacer! “Embadúrname”, insiste, y es la palabra más peliaguda que he escrito en esta columna. Trago más saliva y la embadurno, pues. Lo que ha de ser, que sea.

Mientras con sumo cuidado le riego la crema por la espalda, desde los omóplatos hasta el arranque de las nalgas (¡denme comprensión, por favor!), me cuenta que está feliz con sus estudiantes de Literatura Aplicada. Sin proponérselo ha descubierto una manada de pichones de escritor. “Son pocos pero valen la pena”, dice. “Para ellos escribir no es un desgarramiento. Mucho menos, una angustia. Ni siquiera un compromiso. Escriben por placer, por gusto, mero goce pagano, como si estuvieran jugando”. Leen cosas que, a regañadientes, puede aceptar como literatura. “La saga de Crepúsculo, de Stephenie Meyer. Once minutos, de Pablo Conejo, es decir, Paulo Coello. Allende, Becerra and company”. Le doy el pésame. “No, lo importante es que lean”, dice, y luego me cuenta que una de sus pupilas, cuando supo que Crepúsculo se basaba en novelas clásicas del siglo 19, se puso a leer Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. De ahí brincó a Cuando era buena, de Philip Roth. Y ahora acaba de terminar Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. ¡Imagínate!” “Bibliomancia pura”, digo, extasiado.

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“¿Y qué escriben?”, pregunto. “Crónicas, relatos, cuentos, lo que les salga. Y versos con ritmo de rap o de rock’n’roll. La poesis los absorberá muy pronto, a lo Gómez Jattin, Gonzalo Rojas, Felipe Granados o Piedad Bonnett”. Son muchachas y muchachos de Pereira, Villavicencio, Bogotá, Rionegro, Apartadó, Medellín. “Tienen talento. Sólo les falta coger oficio. Leer y aprender a releer, escribir y rescribir, pensar y repensar, crear y re-crear, y no desfallecer. La literatura, como todo arte, es pasión y método”. “Ojalá lo logren”, digo, no sin algún escepticismo, pues los obstáculos son formidables: el anonimato, el ninguneo, la incomprensión, la dejadez, el halago, la censura. A Isabel le fastidian mis quejas: alza las nalgas con suavidad y elegancia. “Embadúrname bien, ¿sí?”, dice, implacable, aunque está untadita desde la nuca hasta los tobillos. Me hago rogar, Dios es testigo. Al final, vuelvo y la empeloto, digo, empegoto.

Rabito de paja: “La opresión y el silencio, interrumpido sólo por las voces aduladoras de los favoritos, deprimen el alma popular hasta convertirla en presa fácil; apagan toda luz de ideal, crean una atmósfera de servilismo y de cobardía moral dentro de la cual no podrá crecer nada sano, ni nada grande”. Eduardo Santos, 1920.

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Rabillo de paja: “No contar sino con el pueblo”. Antonio Nariño, 1810.

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