Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Estoy en Billares Drink & Drunk con mi amigo Vicente Carbonell, un catanazo según las mujeres. Se queja del trabajo. “Ya nadie contrata escritores fantasmas”, dice, no sin ironía.
“Ahora hasta los niños de kínder escriben sus discursos”. Reniega en vano: pide mesa, música y cervezas, paga por anticipado, los billetes le hacen bulto en el bolsillo. Nos ponemos a hablar de política.
“A Santos le gustará jugar póquer pero lo que acaba de hacer es mero gambito de ajedrez”, dice. “Con sus aproximaciones a las Farc, cambió la seguridad pseudodemocrática por la paz neoliberal”. Me desconcierto: “¿Seguridad pseudodemocrática?”. “Nadie discute que con Uribe hubo guerra”, replica. “Según el Banco Mundial, en 2010, el porcentaje del gasto militar en el PIB de Colombia era de 3,7, similar al de Siria (3,9), Ecuador (3,9) o Rusia (3,9); superior al de Brasil (1,6), Venezuela (0,8), Nicaragua (0,7), e inferior al de Israel (6,5), Irak (6,0) o Estados Unidos (4,8)”. “Las cifras dicen y no dicen”, opino. “Certifican que Uribe le metió y le metió y le metió plata al conflicto”, responde. “Por eso toca preguntarse, ¿qué tan democrática fue su seguridad democrática?”. “¿Ah, no?”, digo. “¿Y los falsos positivos?”, me revira, taco en mano. “¿Y las chuzadas del DAS? ¿Y las gabelas a los paracos en Ralito? ¿Y el descuido al monopolio del Estado sobre las armas?”.
Es media mañana y, aun así, el billar está full. “¿Y por qué hablas de paz neoliberal?”, le pregunto. “Para Santos, la paz es el negocio”, contesta. “Fíjate en lo que dijo: ‘Si terminamos el conflicto, se desatará todo nuestro potencial, y a Colombia no la parará nadie’. Business is business”. “No es mala idea”, refunfuño. Me explica: “Como en un gambito, Santos se libró del huevito más podrido de Uribe —la seguridad pseudodemocrática— para lograr una posición favorable en los diálogos, reparar su imagen y ganar la reelección”.
Le echo tiza al taco, a ver si en eso va. “¿Quiénes le apostarán a la guerra?”, digo. “Un puñado de extremistas”, dice. “El capataz y sus secuaces: José Obdulio con su fantasía de creerse la reencarnación criolla de Goebbels; Uribito desde la cárcel y Pachito en el asfalto; Lafaurie con su inquina visceral y gremial a la restitución de tierras y la reparación de víctimas; Fernando Londoño con su vesania...”. “¿Vesania?”, digo. “Sí, vesania, demencia, locura, furia. Una palabra rebuscada a la altura de hecatombe, bigornia, ubérrimo”. “¡Qué chusma!”, me río. “Sí, la subversión uribista”, dice. “¿Y quiénes irán por la paz?”. “El resto, o sea, todos. Hasta los más verticales del Polo han dicho que no se opondrán. En cuestiones de paz, ‘poquito’ es mejor que ‘nada’. Ya está en juego la presidencia del 2014. No te digo, mero gambito”.
“¿Y tú?”, le pregunto. “Yo no estoy ni en guerra ni en paz”, dice, ladino. “Te parecés a Fajardo: ni uribista ni antiuribista”, me desquito, y hago mi primera (y única) carambola.
Rabito de paja: “Nos despedimos / sin siquiera tocarnos, como siempre. / ‘Voy a hacer una siesta’, / es lo último que dice. / Y lo último que yo hago / es abrir la ventana / para que entre el aire, y entra ruido”. Del poema Aguirre, en Testamento involuntario, por Héctor Abad.
