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Sartal de incomplorutos

Esteban Carlos Mejía

02 de mayo de 2014 - 10:24 p. m.

 “¿Será que lo nuestro va a durar más que lo de Fermina Daza y Florentino Ariza?”, dice mi amiga Isabel Barragán, exquisita y tierna. “¿Cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días? ¡La desmesura!”. “Ni tanto”, le replico de buen humor. “En San Jerónimo, Antioquia, mi padrino Mingo Granados se casó con Hermilda Velásquez después de cincuenta y siete años de noviazgo, y eso muchísimo antes de que apareciera El amor en los tiempos del cólera”. “No es exceso sino virtud”, sonríe. “Las guerras del coronel Aureliano Buendía, la lluvia en Macondo, los rastros de tu sangre sobre la nieve, los eclipses y cometas de Zacarías Alvarado, todo es divina exageración en García Márquez”.

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Estamos en un café por Carlosé, un barrio nice de Medellín. Tomamos jugos de níspero y tamarindo, a lo tierra caliente, y en la mesa rebosan los libros del muerto grande. No tenemos fotos con él, ningún recuerdo imperecedero en La Habana, Barcelona o Estocolmo, ni siquiera una servilleta con su autógrafo. Apenas somos dos lectores fervorosos. Isabel se encabrita de pronto. “¡Incomploruto!”, grita, excitadísima. “Incomploruto es la palabra comodín de La hojarasca”. El alma se me ensancha de gozo. “Cuando yo tenía quince años la usaba sin parar”, digo. “Incomploruto era el tipo que me cascó en el colegio, sólo porque yo era gafufo y flacuchento. Incomplorutos, los gorilas que mataron al Ché Guevara. Incomploruto, Laureano Gómez. Incomploruto, su hijo putativo, el capataz Uribe”. “Típica anacronía macondiana”, ríe Isabel, y se pone a hablar de El otoño del patriarca, indescifrable musicalidad. “Cada párrafo es el movimiento de una sonata perpetua”.

“¿Y qué tal Crónica de una muerte anunciada?”, pregunto con apremio. “Es la novela policíaca de este país”, afirma sin vacilar. “No lo digo yo sino Hubert Pöppel, capo de la historia de la novela criminal en Colombia. Es un acertijo perfecto y deslumbrante”. Ya entrados en gastos, nos entusiasmamos, por enésima vez en la (pútrida) vida, con Cien años de soledad. “Yo amo a Remedios, la bella, y a Amaranta Úrsula”, digo, para que se ponga celosa. “En cambio, yo me derrito por el rey, José Arcadio Buendía, por Melquíades y por Aureliano Babilonia, condenado sin ‘una segunda oportunidad sobre la tierra’. ¡Qué criaturas, Dios de los cielos!”.

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Se acaba el níspero, se acaba el tamarindo. Isabel seca una lagrimita y, como un amuleto, acaricia el lomo revejido de la primera edición de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. “Ay, senador Onésimo Sánchez”, dice. “Ay, Blacamán, el bueno, vendedor de milagros. Ay, Ulises, guajiro holandés, ‘dorado, de ojos marítimos y solitarios, y con la identidad de un ángel furtivo’. ¡Ay, García Márquez, tú estás más vivo que nunca!”. Y cambiamos el agua de frutas por un ron cerrero. “¡A tu memoria, profeta de profetas!”.

Rabito de paja: Hoy, a las 3 p.m., Pabellón Infantil Rafael Pombo, Feria del Libro, será el lanzamiento —concierto de Ay, mi amor. Nanas y arrullos de Colombia, de Pilar Posada (con ilustraciones de Juana Medina), Ediciones SM. Pilar y su hija Laura arrullarán chiquilines. Luego la autora charlará con Carmenza Botero, directora del grupo Malaquita. Una obra angelical. Y lo digo por experiencia propia.

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