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Sensei es sensei

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Esteban Carlos Mejía
20 de septiembre de 2014 - 02:21 a. m.
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Mi amiga Isabel Barragán está exhausta. Lleva una semana entre el Jardín Botánico y el Parque Explora en la Fiesta del Libro en Medellín.

 Charlas con escritores de aquí y de allá. Disertaciones de eminencias. Novedades y libros de segunda, que acá, con eufemismo, llamamos libros leídos. Selfies con greñudos que se codean por salir junto a su esplendorosa y plácida belleza. “Voy a almorzar con mi sensei Élmer Mendoza”, digo. “¿Qué es un sensei?”, pregunta, absorta en su fatiga. “Un maestro, como un hermano mayor”, le explico. Y agrego: “En literatura tengo dos senseis en Colombia, Miguel Torres y Roberto Rubiano, y uno en México, el mentado Élmer”. Le cargo la bolsa de compras, esta mujer lee más que un ratón de biblioteca.

Élmer es un tipo sin poses, sencillo y cálido. Dice lo que piensa con una sonrisa y sonríe con lo que piensa. A Isabel le cae bien: “Yo leí una novela suya que me encantó por desfachatada, El amante de Janis Joplin”. Él agradece y cambia de tema. “Algunos leen mis novelas policíacas como novelas sociales. Si escribo una novela social, ¿la leerán como policíaca?”. Isabel le pregunta si tiene que investigar mucho para escribir sobre mafiosos y narcotraficantes de Culiacán, Sinaloa. “Yo no investigo, yo invento”, contesta. “Y lo que invento, pues, se parece a la realidad”.

El restaurante está casi vacío. Nos sirven penne, ensaladas y un malbec argentino que nos hace arrumacos. “ No es lo mismo la justicia que la ley”, dice Élmer. “En las novelas policíacas, el detective debe conseguir la justicia aun por encima de la ley”. “Como Philip Marlowe”, dice Isabel. “Como Édgar ‘El Zurdo’ Mendieta”, digo. El Zurdo es el protagonista de las tres más célebres novelas de Élmer, que lo llevaron a ser el capo de la narcoliteratura en México. “Yo me atreví a narrar esa realidad desde un enfoque distinto, una perspectiva novelesca, no cronística”, dice con discreción. “¿Y la fama?”, dice Isabel. Élmer se encoge de hombros: “Hay que escribir. Lo demás llega solo. Y si no llega, pues, no llega”.

A la mitad de la botella, menciona la importancia de los finales en las novelas, menospreciados en cierto modo por el culto a la frase inicial. “Verdad”, asiente Isabel. “Todo mundo se acuerda de la primera frase de Cien años de soledad. ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. Muy pocos recuerdan la frase final: ‘porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra’. Así es”. “El final es tan decisivo como el principio”, dice Élmer. “O más”.

Le pregunto por la Academia Mexicana de la Lengua, miembro correspondiente desde 2012. “Son unos sabios. Cuando voy a sesiones, saco mi cuaderno de apuntes y tomo notas”. Y habla de las obras de Vicente Leñero, Jaime Labastida, Mónica Glantz, Vicente Quirarte. Pedimos postre, enyucados y tortas sin gluten. “Ahora estoy escribiendo la cuarta novela del Zurdo”, dice. “¿De qué trata?”, pregunta Isabel. “¡Órale!”, y se queda callado. “Hay que escribir”, insiste y sonríe por enésima vez en la tarde. Sensei es sensei.

Rabito: Aplausos para el director de la Fiesta del Libro de Medellín, el escritor Juan Diego Mejía. A todo señor, todo honor.

 

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