VLADIMIR NABOKOV ESCRIBIÓ UN borrador de Lolita en París, a fines de 1939. Fue un cuento breve, de unas 30 páginas, en ruso, su lengua materna, e inspirado en un chimpancé que, tras meses de estimulaciones, logró dibujar los barrotes del zoo.
Poco antes de irse para Estados Unidos, Nabokov rompió ese boceto. Diez años después, en Ithaca, decidió reescribir el libro, esta vez en inglés, su idioma putativo. Tardó casi un lustro en redondear la escabrosa historia. “Una o dos veces estuve a punto de quemar el manuscrito incompleto… me detuvo la idea de que el espectro del libro destruido rondaría mis legajos por el resto de mi vida”. La novela narra la relación entre Humbert Humbert, un cuarentón, y Dolores Haze, Lolita, una adolescente de 14 años, una nínfula, una criatura escogida: “Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca)”.
Nabokov finalizó el texto en 1954. Sus primeros lectores pensaron que era pornografía neta, aunque Humbert Humbert advierte con claridad que no le interesa en absoluto el llamado “sexo”. “Cualquiera puede imaginar esos elementos de animalidad. Una tarea más importante me reclama: fijar de una vez por todas la peligrosa magia de las nínfulas”. Las reacciones de los editores fueron patéticas. Uno dijo que publicaría el libro si el autor transformaba a Lolita en un muchachito de doce años seducido por un granjero en un pajar. Otro dijo que era “el viejo mundo que pervierte al nuevo mundo”. Y un tercero vio la cosa al revés, “la joven América pervirtiendo a la vieja Europa”. Un último editor, el más franco, dijo que si lo publicaba lo meterían a la cárcel. Nabokov se desconcertó. “Stranger rima siempre con danger”, escribió receloso. Lolita apareció por fin en 1956 y arrasó con las críticas. Está llena de curiosidad, ternura, bondad y éxtasis. No sin razón Javier Marías afirma que es quizá “la novela más melancólica, elegante y lírica”. Por mi cuenta y riesgo agregaría que es una obra pudorosa, incandescente y lúcida.
Para consentir a sus alumnas, Nabokov —uno de los mejores maestros de literatura de todos los tiempos— solía hacerles este test: “¿Qué cualidades debe tener uno para ser un buen lector? 1. Pertenecer a un club de lectores. 2. Identificarse con el héroe o la heroína. 3. Concentrarse en el aspecto socioeconómico. 4. Preferir un relato con acción y diálogo a uno sin ellos. 5. Haber visto la novela en cine. 6. Ser un autor embrionario. 7. Tener imaginación. 8. Tener memoria. 9. Tener un diccionario. 10. Tener cierto sentido artístico. Naturalmente, como habréis adivinado”, explicaba, “el buen lector es aquel que tiene imaginación, memoria, un diccionario y cierto sentido artístico”. Cuatro virtudes que ayudan a que la lectura de Lolita sea un placer (casi) sobrenatural.
Rabito de paja. “En nuestra Colombia, sólo el esfuerzo colectivo, bien dirigido y honradamente manejado, puede sacarnos de la postración presente para convertirnos en lo que debemos ser: un pueblo rico, grande y glorioso, el primero en Hispanoamérica”. Rafael Uribe Uribe, 1904.
Rabillo de paja. Presidente Uribe: si la guerra es buen negocio, invierte a tus hijos.