He aquí la más cruda de las realidades: (casi) todos llevamos un facho por dentro. Un facho, es decir, un fascista, un fanático, un triple hache pe.
Buscamos callar y aplastar a los que no piensan como nosotros, a los que se oponen a nuestras ideas, a los que se resisten a nuestros planes.
Soñamos con ser más vivos que los demás, colarnos en las filas, pasarnos los semáforos en rojo, sacar ventaja, ganar siempre, empatar nunca, arrebatar cuando perdemos, bobitos nunca.
Queremos un agro con ingresos seguros, modelo malayo, para ir o volver a la finca, aunque no tengamos finca, ni siquiera un lote en un parque cementerio.
Ni por el forro hemos leído Mein Kampf, de Hitler, ni tampoco conocemos las técnicas de su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, pero (casi) todos nos sentimos Maquiavelos de provincia en Salgar, Antioquia, o en Anapoima, Cundinamarca.
Soñamos un Estado en el que nuestra opinión sea la única, gracias a nuestra inteligencia superior, con regencia vitalicia, no importa que se ensucien dos o tres articulitos de un rollo de papel higiénico llamado Constitución Política.
Nos tienta Némesis pues (casi) todos buscamos vengarnos de los que mataron, dañaron, secuestraron o robaron a nuestros seres queridos, así los bandoleros se llamen Carlos Castaño o Manuel Marulanda Vélez o Salvatore Mancuso o el Mono Jojoy.
Queremos escupir a los pordioseros en la calle, pero arrodillarnos ante Carlos Slim o Monsanto o Drummond o Anglogold Ashanti.
Soñamos con mandar al infierno a García Márquez o a Vargas Llosa, a Noam Chomsky o a Francis Fukuyama, a Daniel Coronell o a Fernando Londoño.
Buscamos ser un varón para romperle la cara, marica, a Nicolás Maduro o a Daniel Ortega, a Iván Cepeda o a Piedad Córdoba, a José Obdulio o a Alejandro Ordóñez, a Paloma Valencia o a María Fernanda Cabal.
Queremos chuzar los celulares y los correos electrónicos de los que investigan nuestras chuzadas previas.
Soñamos trabajar, trabajar y trabajar para darles gabelas, subsidios, exenciones y prebendas al Capital global y a sus vicarios locales.
Como gallinas culecas (casi) todos queremos poner, incluso colocar, huevos, huevotes, huevitos, uno, dos, tres, o más, podridos y tal.
Buscamos manipular a los héroes de la Patria y manosear su lema, “Patria, honor, lealtad”, de modo que su “lealtad” sea sólo para nosotros.
Soñamos parecernos a San Antoñito, el falso beato de Tomás Carrasquilla, con su cara de yo no fui y sus amaneramientos de pseudoseminarista rezandero, pedigüeño, solapado y traidor.
Ahora, en la inminente Navidad, deberíamos coger el Alvarito Uribe** que (casi) todos llevamos por dentro, echarlo a la basura y cambiarlo por un Niño Jesús inocente (“amarás al prójimo como a ti mismo”) y transparente (“no vine a traer paz sino espada”). Nos iría mejor. Porque (casi) todos somos uribistas mientras no demostremos lo contrario. ¡Qué vaina!
* Columna no apta para lectores literales o sin sentido de la ironía