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Tres en una

Esteban Carlos Mejía

23 de abril de 2010 - 11:05 p. m.

HACE POCO ME ENTRÓ LA CHIFLAdura de leer al mismo tiempo tres de las más voluminosas, paradigmáticas e imprescindibles novelas de guerra del siglo XX. Tranquilos: aún no he perdido la razón. Por el contrario, la experiencia ha sido feliz, si es que cabe hablar de felicidad en literatura bélica.

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Las tres pertenecen a una galaxia ya inexistente: la Unión Soviética. Doctor Zhivago (1957), de Boris Pasternak, es la menos abultada y, a la vez, la más densa, en el buen sentido de la palabra. Quizá la fragmentación de la narración en múltiples facetas, como en un calidoscopio, hace que el ritmo se cristalice un poco. A través de Zhivago, médico cándido, poeta desigual y enamorado incorruptible, nos enteramos de las calamidades que siguieron a la revolución bolchevique de 1917. Su lectura no desalienta: la obra es tan lúcida que uno acaba por desatender los ruidos de la muerte para escuchar más bien la algarabía de la vida. Pasternak ganó el Premio Nobel en 1965. Jamás lo recibió. El gobierno soviético de entonces —revisionista de palabra, estalinista de hecho— lo amedrentó con sevicia.

Vida y destino (escrita en 1959 y editada en 1980), de Vasili Grossman, es un monumental e implacable enjuiciamiento al estalinismo, desde la negación de las libertades individuales hasta la violencia contra opositores y críticos, pasando, claro está, por el burocratismo y la arbitrariedad estatal. Grossman fue el reportero más leído de la época. Durante la batalla de Stalingrado los combatientes se ponían a leer sus crónicas en vez de dispararle al enemigo. Cayó en desgracia ante Stalin, ya que se empecinó en recopilar las atrocidades de los rusos contra los judíos de Ucrania. Murió en 1964, menospreciado por los poderosos y olvidado por sus antiguos lectores.

Por su parte, El Don apacible (1928-1940), de Mijail Sholojov, es la obra cumbre del realismo socialista, ese almibarado y contrahecho pastiche que tanto ilusionaba a la nomenklatura soviética. Narra, en 1.672 apretadas páginas, la epopeya del pueblo cosaco durante la guerra civil de 1918 a 1920. Es una novela rara: parece escrita por una eventual e improbable Corín Tellado rusa, tan melodramática y empalagosa que muy pronto uno se harta de tantos jayanes de pacotilla, de tanta nieve pisoteada por potros y caballos, de tanto amanecer idílico. Sholojov también ganó el Nobel, en 1965, con el aplauso de cuanto mamerto ha habido en este planeta de mamertos.

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Así como Cabrera Infante dijo que Alejo Carpentier padecía el Syndrome d’Honoré, en alusión a Balzac y su afán de narrar ciertas cosas in extenso, me atrevo a afirmar que Pasternak, Grossman y Sholojov sufrían el Síndrome de León, por Tolstói y su manía no de contarlo todo sino de recrearlo todo, capricho que, confieso, me resulta fascinante e inspirador, pues, aunque suene inverosímil, la ficción nos ayuda a develar los misterios de la historia y a revelarnos los vericuetos de la realidad.

Rabito de paja. “Compadre, la guerra es un vértigo, una locura, una insensatez y los hombres más benévolos se vuelven bestias feroces”. Luis Lleras, en carta a Rufino José Cuervo, seis días antes de la batalla de La Humareda, acá en Colombia, entre conservadores y liberales, el 17 de julio de 1884.

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