"¿ZURRIBURRI?", DICE MI AMIGA Isabel Barragán. "¿Y eso qué es?" Frunce el ceño y el semblante no le desmejora.
Vamos por la 33, a pie, hacia la estación Exposiciones. Está en uno de sus días de experimentación ecológica: andar por la calle y palpar el pulso de Medallo. Sólo que se ha puesto la vestimenta más inadecuada: leggins color aluminio y tacones de punta charolados. No me quejo. Su figura es inobjetable. Dos o tres taxistas la piropean y un busero hace sonar su corneta, al que le van a dar le guardan, pensará el buen hombre. “Zurriburri está casi al final del Diccionario de la Real Academia Española”, digo. “Quiere decir ‘barullo, confusión’ y también ‘sujeto vil, despreciable y de muy baja esfera’. “No la conocía, y eso que a mí me encantan las palabrotas”.
“Cuando yo tenía 17 años leí una que me dejó patidifusa”, dice. “En La hojarasca, de García Márquez. Incomploruto”. “¿Qué?”, digo, entusiasmado. “El niño, uno de los protagonistas de esa lúcida parodia faulkneriana, se la dice a su amigo Abraham. Y se entienden, pa’ que vea. Incomploruto”. Esquiva un hueco en la acera y saca a relucir unos vocablos de resonancia bélica. “Ergástulo”, dice “¿Es una glándula sebácea o qué?”, digo. “No, bestia, es el lugar en que se hacinaban los esclavos”. “Caserna”, dice. “La aprendí en Dumas. Una caserna es una bóveda, a prueba de bomba, que se construye debajo de los baluartes y sirve para alojar soldados y también para almacenar víveres y otras cosas”, dice sin vacilar. “Por lo general, queda cerca de la poterna, el portillo por el que se cuelan los espías, junto al foso”. La miro con admiración, a ella y, sobre todo, a sus leggins. “La lycra es el más sicalíptico de los tejidos”, digo, sin darme cuenta. “Ah, la sicalipsis me fascina”, se ríe ella. “Malicia sexual, picardía erótica”. “Sí, es algo supercalifragilisticoespialidoso”, digo. “Esa no vale”. “Era la canción de Mary Poppins”, digo. “¿Quién?” “Mary Poppins, una mártir de mi adolescencia”. Para cambiar de tema le pregunto por otra palabra espeluznante: “Emascular. ¿Te gusta?” “¡Cómo se te ocurre! Yo acaso soy feminista”.
Llegamos a la estación del Metro. Los policías bachilleres se quedan lelos con los leggins de Isabel y le abren paso. Dios mío, a veces el sex appeal es más irritante que el poder. “Conticinio”, dice, de pronto. “Hora de la noche, en que todo está en silencio. La leí en Roa Bastos, lo mismo que centón, obra literaria compuesta por una colección de fragmentos de otras obras”. “Antes de que el Salgareño las emponzoñara, a mí me descrestaban hecatombe y ubérrimo”, digo, de buena fe. “Cada vez que oigo ‘ubérrimo’ pienso en Tierra labrantía, ese horripilante pasillo o bambuco de Carlos Vieco y León Zafir”, dice. “Con el bambuco pase maluco”, digo. “Mero pleonasmo, pues”, se carcajea. “¿Pleonasmo? Me gusta”, digo. La dejo entrar al vagón. “Tenemos que seguir intercambiando palabrejas”, dice, y no sabe a cuál varón dar gracias por el asiento que le han cedido, ella, incomploruta y anfibológica.
Rabito de paja: “El proyecto sobre régimen de tierras es sovietizante, y en lugar de resolver el problema lo agrava. Piénsese en la superproducción que vendría en el caso de que se pusieran a producir todas las tierras inactivas que tiene hoy el país”. Carlos Uribe Echeverri, noviembre de 1936.