15 Jan 2022 - 5:30 a. m.

Un baño de ruda, por favor

Nada mejor para empezar este año que hablar de poesía y poetas. Cuando yo era chiquito había en Medellín una revista incomparable (sic). Se llamaba Acuarimántima, como el poema de Porfirio Barba Jacob, aquel que clama no sin despecho y amargura: “Vengo a expresar mi desazón suprema / y a perpetuarme en la virtud del canto”. Los poetas jóvenes publicaban allí y sus lectores, empedernidos azotacalles del centro de Medallo, amábamos sus escritos. Y no queríamos ni podíamos olvidarlos.

Entre todos había uno que no era universitario, ni intelectual, ni santo, ni demonio: Helí Ramírez (1948-2019). Trabajador del Instituto de los Seguros Sociales, vivía en el barrio Castilla, una comuna al noroccidente de la ciudad. En sus libros abundaban amores, muertes, traiciones, vicios, esperanzas, odios, desamparos. “De las ilusiones que me hago a alguna llego. / Yo no nací para morir antes de estar muerto. Olvídese. Así / como no me quedé en la pared de una esquina pegado de grafiti / en fondo de pantalla para un video. / Nada está perdido para mí”.

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