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Un nadaísta en el espejo

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Esteban Carlos Mejía
05 de abril de 2014 - 04:00 a. m.
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“Mi marido te quiere conocer”, dice mi amiga Isabel Barragán. Pego un brinco. “¿Tu marido?”.

“Sí, Nano”. En realidad se llama Laureano, pero le dicen Nano. Es ganadero de nueva generación. ¿Mafioso? No. Estudió Zootecnia en Louisiana y está dedicado a la estabulación y la inseminación artificial. También es pinta (¡un bebezote!), multimillonario y mandón. Vamos a Cuzco, un restaurante peruano en Palms Avenue, y él se encarga del pisco sour, la chifa, las causas rellenas. “Te pareces a un tipo que daba noticias en televisión”, me dice. “Era yo”, digo con modestia. “Oh, con razón”, comenta, displicente. Coge el celular y se conecta a su mundo, el internet, las vacas, las ubres. Isabel y yo nos largamos a hablar de literatura.

“En una edición de Siglo del Hombre Editores acabo de leer Cuando nada concuerda, de Eduardo Escobar”, dice ella. “¿El nadaísta?”. “Es un ‘autorretrato espiritual’, la vida contada a través de los libros leídos. No se lee de un tirón, a menos que seas ratón de biblioteca. Cada capítulo podría ser un libro aparte, por su multiplicidad de conceptos y sus arriesgadas hipótesis”. Y añade, no sin intención: “Y por la profusión de autores ceñados y reseñados”.

El primer pisco sour me bandea para un lado. El segundo me columpia para el otro. Miro a Isabel, plácida y hermosa, y me dan ganas de cantarle “te prefiero compartida antes que cambiar mi vida”. Pero no se da por enterada. “Son seductoras elucubraciones sobre el dandismo, la elegancia y la moda; tomografías de Satanás; visiones del ‘equívoco paraíso’ de la química alucinógena; menciones a la trilogía de Vitali Shentalinski sobre el estalinismo y evocaciones de Camus y Nabokov, entre otros”. “¿Está bien escrito?”, pregunto. Isabel asiente: “Eduardo Escobar cree que la literatura debe ser diversión, juego, escape. Piensa que los escritores sosos jamás alcanzarán el cielo. La prosa de Cuando nada concuerda tiene una tesitura polivalente, extensa y, a la vez, precisa”.

“Hoy en día este país necesita más nadaístas que nunca”, declara con vehemencia. “Eran, como recuerda Eduardo Escobar, ‘eclécticos, abiertos a todas las influencias, hambrientos de belleza, de rumbos, de significado. Hartos de todo y decepcionados de todo, y llenos también de una difusa esperanza, indispensable en el comienzo del camino de la vida’. ¿Ah? ¿Qué te dije?”. No me aguanto: “¡Yo habría sido nadaísta!”.

De pronto, Nano nos interrumpe con talante veterinario: “Los nadaístas eran unos vagos, no hacían sino beber y fumar marihuana, no leían”. “¿Quién dice?”, le pregunta Isabel con una sonrisa igualmente bovina. “Alberto Aguirre, editor y librero”, dice Nano. No sé qué hacer. ¿Le rompo la cara, marica, o pido otro pisco sour? Isabel se me adelanta: “Ay, Nano, seguro que tu Aguirre no conoció a Eduardo Escobar. Porque este hombre ha leído todo lo que hay que leer”. Y, paciente con las debilidades de su consorte, lo besa sin pugnacidad, para evitarle, quizás, traumatismos psicológicos permanentes a quien, sin duda, los padece desde la infancia. Odio a los maridos, aunque ahí caiga yo.

Rabito de paja: “No podemos permitir que los países grandes intimiden a los pequeños para beneficiarse”. Barack Obama, en Bruselas, marzo de 2014. ¡Y ahora más cuentachistes!

 

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