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¿POR QUÉ ME PASO HORAS Y HORAS leyendo novelas? Arriesgo varias respuestas. Porque no soy sádico ni masoquista. Me asustan los insomnios y la oscuridad. Soy un bicho (muy) raro. Quiero lo que hago y hago lo que quiero. Leo para dejar de ser.
Leer es un pacto de sabandijas. Amparado en las sombras de la palabra escrita, el autor me susurra su deshonesta proposición deshonesta: “Léeme y te juro que te haré creer que lo que estás leyendo es verdad”. Contra toda evidencia, muchas veces en contra vía de mi propia conciencia —suspicaz, ávida o incauta—, caigo en la trampa y me pongo a leer. Entonces siento como verídico lo que a todas luces, de principio a fin, es un sartal de embustes, inventos y embelecos. Y si el autor se ha dado la maña de escribir esas falsedades con talento, oficio y estilo, leo con una exaltación que no se me quita ni con la palabra “Fin” puesta al término de la obra. Le he creído al impostor y, a cambio, por un rato, el que duró la lectura, he sido otro. Me doy, pues, por bien pagao.
Así lo compruebo cada vez que abro las páginas de La isla del tesoro (The treasure island), de Robert Louis Stevenson. Su publicación en Young Folks, entre octubre de 1881 y enero de 1882, no trastornó al mundo. Cuando al año siguiente se vendió como libro las cosas cambiaron un poco: el primer ministro Gladstone tuvo que trasnocharse hasta impúdica hora para acabar de leerla y Henry James elogió su calidad. Hoy en día, para descalificarla o pordebajearla, algunos dicen que es una novela de aventuras o un libro para adolescentes. ¡Pero qué delicada obra maestra! Son 34 capítulos divididos en seis partes: menos de 300 páginas. El narrador es otro héroe juvenil, Jim Hawkins, impetuoso, valiente, honesto, primo remoto de Holden Caulfield, el muchacho de El guardián en el centeno. El relato, plagado de piratas al mando de Long John Silver, nos lleva desde Bristol, en Inglaterra, hasta una paradisíaca isla en el mar Caribe, en cuyas laderas yace oculto un fabuloso tesoro, más o menos 700.000 libras esterlinas, nada del otro mundo para un mafioso pero tremendo lodazal de plata para un simple terrícola como yo. Escaramuzas, borracheras y hasta matazones se suceden a ritmo frenético, incluso cuando Jim, durante tres capítulos, le cede la narración al reposado doctor Livesey, uno de sus tutores junto al squire Trelawney.
Aún es tiempo de leer La isla del tesoro, una novela en la que jamás decaen ni el interés ni la verosimilitud, asuntos claves para cualquier pacto de sabandijas. Háganle pues, léanla, sin miedo al qué dirán.
Rabito de paja: “Los periodistas son pagados y defienden los intereses de quienes los pagan (…) solamente el jefe del Estado representa la opinión pública y él es el único autorizado a hablar en su nombre”. Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, 1955.
Rabillo de paja: “Nada más lejos de la ideología y de las prácticas conservadoras que este burdo atropello contra la cultura jurídica del país que está cometiendo el grupo reaccionario del Congreso. Tal atentado no puede consumarse a nombre del Partido Conservador. Quienes toman tal insignia para la inicua empresa, profanan su nombre, lo manchan y lo prostituyen”. Laureano Gómez Castro, 1928.
