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Una cosa entre las cosas

Esteban Carlos Mejía

14 de enero de 2011 - 10:00 p. m.

MI AMIGA ISABEL BARRAGÁN AMAnece hablantinosa. No en mi cama sino en la del marido, ingeniero de nuevo tipo.

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Aún están en la finca, una impresionante hacienda ganadera en las verdes colinas del Cartama, entre Támesis y Valparaíso, Antioquia. La señal celular titila a regañadientes. “Hola, ¿cómo vas?”, dice y, sin pausa, se pone a hablar de literatura, la obsesión que le da (cierto) sentido a su vida.

“Me gusta leer dos cosas a la vez: ficción y no ficción: novela y ensayo”. “¿Ensayo?”, me intrigo. “Sobre literatura o historia de la literatura. Ahora estoy leyendo Ciudades de la llanura, de Cormac McCarthy, y Siete noches, de Borges”. “Nada que ver”, digo. “Precisamente. La bibliomancia es lo mío”. Se oye un gruñido. ¿El marido? No, el móvil. “Cormac McCarthy, en inglés, es transparente”, dice Isabel, “casi líquido, en remansos o en raudales según el momento. Su traducción al español peninsular a veces es macarrónica, por no decir espaguetuda, con adjetivos en manada, ambigüedades superfluas y localismos insostenibles en Hispanoamérica: ‘chaval’ por muchacho (o parcero, o pelado, si a esas vamos), ‘tejanos’ a cambio de bluyines y ‘vete al cuerno’ en vez de ¡coma mierda! o ¡púdrete!, y, en general, esas menudencias que hacen a España tan esquiva y tan traicionera”.

No digo nada. Isabel sigue: “Así como Faulkner y Yoknapatawpha County están más próximos de García Márquez y Macondo que de Proust y Combray, de igual modo Cormac McCarthy está más cerca de nosotros que un Manuel Vincent o un Antonio Muñoz Molina”. “¡Al que le caiga el guante que se lo chante!”, digo, por hacerme el gracioso. Sonríe, creo: “Además, las cosmogonías de McCarthy impregnan lo mejor de la obra polisémica de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes y 2666”.

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“¿Y el ciego?”, digo. “Ah, Borges”, suspira. “Es una mezcla de humildad y zozobra, soberbia y erudición. Siete noches recopila siete conferencias de 1977, casi a sus 80 años. Magistrales, pa qué si sí: ‘La divina comedia’, ‘La pesadilla’, ‘Las mil y una noches’, ‘El budismo’, ‘La poesía’, ‘La cábala’ y ‘La ceguera’. Las lees y quieres saber más y mejor. Dante. Los engaños de Sherazada. Las fábulas de Simbad, el Marino. El antiguo alimento de los héroes. Buddha, el Lúcido, el Despierto. Las diez Sephirot de la Cábala”.

Respira hondo. “Para mí la ficción es re-creación. Y también re-presentación, re-invención y re-conocimiento. Es una manera de conocer e interpretar la realidad tan válida como cualquier otra. Con Cities of the Plain, mera ficción, se aprende tanto (o más) sobre la vida en la frontera USA-México que atragantándose con una monografía sociológica. Leyendo a Borges se entiende mejor lo que es la ceguera que yendo donde la retinóloga”. “Estás loca”, digo. “La ficción es mi contacto con la realidad”. “Eso suena algo... esquizofrénico”, digo no sin imprudencia. Isabel se cabrea y, ¡zas!, cuelga. “Feliz año”, le alcanzo a gritar. Tu tu tu, tu tu tu, tu tu tu: contra las telecomunicaciones nadie la talla.

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Rabito de paja: “Los pueblos pierden la energía para sostener las soluciones de libertad cuando ellas no se traducen en prosperidad y justicia para todos”: Eduardo Santos, tío abuelo, discurso de posesión, 7 de agosto de 1938.

 

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