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Esteban Carlos Mejía
26 de marzo de 2011 - 03:00 a. m.
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LOS ESCRITORES SE AMAN O SE ODIAN por sus obras, no por sus vidas. A menos que seas redactor apócrifo de Wikipedia, las vicisitudes de los autores no tienen relevancia, pues, como dijo Proust, “un libro es el producto de otro yo, distinto al que uno manifiesta”. Abundan los ejemplos.

Edgar Allan Poe era un borracho inmundo, faltón e irresponsable. Pero sus Narraciones extraordinarias cambiaron la forma de escribir y leer cuentos.


Casanova, Giacomo: libertino, engendro del demonio, lo peor de lo peor. En cambio, su autobiografía Historia de mi vida es el espléndido registro literario de la vida en la República de Venecia, en el siglo XVIII.


Arthur Rimbaud fue el clásico enfant terrible, casi salvaje, opiómano, disoluto, bisexual, traficante de armas en Yemen. Por contraste, Una temporada en el infierno, cuya edición abandonó en un sótano, transfiguró la poesía e inspiró a poetas de muchas épocas, surrealistas, beatniks, nadaístas.


El mentado Marcel Proust, Lecram del alma, era una loca sin tacones, maniático, hipocondriaco a la enésima potencia. Su descomunal En busca del tiempo perdido refundó la novela contemporánea y consagró a la literatura como el arte de la palabra.


Ernest Hemingway sería hoy el culmen de lo políticamente incorrecto: mujeriego, cazador, pescador deportivo, boxeador, fanático de los toros, bebedor. ¿Por quién doblan las campanas?, su novela más famosa, revive con nitidez la crueldad y la agonía de la guerra.


Louis-Ferdinand Céline fue una escoria política, racista, antijudío, sapo de la Gestapo. A cambio, escribió dos obras maestras, Viaje al final de la noche y Muerte a crédito, en las que el horror de la existencia se vuelve belleza artística.


Jane Austen: marginada, provinciana, despechada. Sus novelas, Orgullo y prejuicio o Persuasión, recrean sin contemplaciones la sordidez de la sociedad bajo la Regencia, a principios del siglo XIX, en Inglaterra.


Konstantinos Kavafis tuvo una vida de mierda, por decir lo menos: oficinista en el Ministerio de Obras Públicas de Egipto, marica en el clóset, menospreciado. Sus 154 Poemas canónicos —impresos algunos en mimeógrafo y distribuidos por él mismo mano a mano— son irresistibles relámpagos sobre el conflicto entre lo que se anhela y lo que la realidad da.


Porfirio Barba Jacob —marihuanero, bujarrón, estafador— clarificó con su obra la expresión poética y purificó la literatura (leer Acuarimántima, por ejemplo).


Y faltan datos: José Presunción Silva, Henry Miller, Fernando Pessoa, Oscar Wilde, James Joyce, William Faulkner o, cómo no, Donatien Alphonse François, marqués de Sade. La obra queda, la vida pasa.


Rabito de paja: ¿A quién le importa hoy si Espartaco, el gladiador que se rebeló contra Roma, tenía mal aliento?


Rabillo de paja: “Dios nos ha confiado la tarea de organizar el mundo para crear el orden donde el caos reina, para establecer el gobierno entre pueblos salvajes o seniles y, es ésta la misión definida de Estados Unidos de América. Quiera Dios que no venga nunca el tiempo en que Mammón o el amor a la tranquilidad degeneren tanto nuestra sangre, que nos impidan verterla por este destino imperial de nuestra bandera”. Albert Beveridge, senador por Indiana, 1916.

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