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¿Uribito o San Antoñito?

Esteban Carlos Mejía

12 de marzo de 2010 - 10:28 p. m.

VAMOS POR LA AVENIDA REGIONAL y mi amiga Isabel Barragán tararea “oh, oh, oh, be my mirror my sword and shield”.

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Fue al concierto de Coldplay y Chris Martin la tiene trastornada. “¿Vos leíste San Antoñito, de Tomás Carrasquilla?”, dice de pronto. “¿Carrasquilla? ¿A estas alturas?”. Me echa un rapapolvo: “No importa si era costumbrista o realista o naturalista. Tampoco si pasó de moda o si sus personajes parecen caricaturas. ¿Lo leíste, sí o no?”. Hago un puchero. Confieso mi culpa, no sin vergüenza. “Pero vi la película, un mediometraje de Pepe Sánchez, de 1981”. Parece decepcionada. Toma aire y me cuenta el cuento, publicado por primera vez en 1889.

Aguedita Paz, monja fracasada, acoge a un mocosuelo muy pobre, Damiancito Rada, en quien vaticina “no un curita de misa y olla, sino un doctor de la Iglesia, el santo de la parroquia”. Al poco lo manda para Medellín, adonde las señoras del Pino, doña Pacha y Fulgencita. “Obediente y sometido”, este San Antoñito se adueña del corazón de sus nuevas benefactoras. “—Lo que más me pela del muchachito —decía doña Pacha—, es ese poco metimiento, esa moderación con nosotras y con los mayores”. Ni siquiera por curiosidad se fija en Candelaria, “una muchacha criada por las señoras en mucho recato”. Pasan dos años y “el prestigio, la sabiduría, la virtud sublime de aquel santo precoz” se acrecientan más y más.

Las señoras del Pino le piden entonces a doña Débora Cordobés, parienta del padre Ulpiano, Rector del Seminario, que les ayude a conseguir una beca para Damiancito. Ella lo hace. Vuelve con una noticia fatal: “—¡Mis queridas! ¡Se las comió el santico! ¡Hablé con Ulpianito: hace más de dos años que Damiancito no ha vuelto al seminario! ¡Ulpianito ni se acordaba de él!”. Quedan gélidas. Al fin se desmoronan: “¡Pasmao! ¡Hipócrita! ¡Vagamundo! ¡Perdido! ¡Engañar a unas tristes viejas! ¡Ah, malvado! ¡Comulgador sacrílego! ¡Hasta protestante será!”. Van a buscarlo y no encuentran “ni la maleta, ni el tendido de la cama”. Esa noche corren al cuarto de Candelaria: “Hallan abierto y vacío el baúl... Todo lo entienden”.

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“¿A quién se te parece?”, me pregunta Isabel. Conozco tantos así que me quedo callado. “¿Acaso no es igualito a Uribito?”. Pego un brinco. “¿El del presidente?”, digo. “En mi opinión, Uribito es un clon tóxico de Uribe y un remedo perfecto de San Antoñito”. Quiero reírme a carcajadas. “Era muy devoto, y monaguillo mayor en procesiones y ceremonias (…) primer ayudante y asesor en los grandes días de repicar recio (…) sumamente rezandero y edificante, comulgador insigne, de carácter sumiso, dulzarrón y recatado”. Además tenía una fealdad casi ascética y decididamente eclesiástica: “Un bicho raquítico, arrugado y enteco, aviejado y paliducho de rostro, muy rodillijunto y patiabierto, muy contraído de pecho y maletón, con una figurilla que más parecía de feto que de muchacho. (…) San Antoñito le nombraban y por San Antoñito entendía. (…) un Miguel Antonio Caro número dos. (…) Y aquella vocecilla gangosa daba el tono, el acento, el carácter místico de oratoria sagrada”. Isabel sonríe cavilosa: “Cualquier parecido con la realidad… ¿sí o qué?”. “Amén”, digo y apago el carro, el trancón tiene “la mansedumbre de un cordero”.

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