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Verás huir la calma

Esteban Carlos Mejía

12 de diciembre de 2014 - 07:16 p. m.

Voy a la peluqiería con mi amiga Isabel Barragán, preciosa y tentadora como siempre. Rocío Ledesma me atiende mientras la Chiqui le hace la pedicure. Boquitabierto, admiro sus tobillos en las espumosas aguas.

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“¡Mejía, no me mires los pies!”, protesta con un gritico y, no sin picardía, saca Verás huir la calma, ‘biografía subjetiva’ de Jorge Isaacs, por María Cristina Restrepo, edición de Luna Libros, Bogotá, 2014.

“No es una biografía común y corriente”, me explica. “Está narrada por la esposa del biografiado”. “¿Y eso sí se puede hacer?”, digo, abismado en el fetiche de sus pies. “Pareces un seudo macho alfa de Tuluá... A mí me encanta que la vida de Isaacs la cuente Felicia González, su amor desde cuando él tenía 19 años y ella, 14”.

Isaacs, además de autor de María, ícono de la literatura latinoamericana, ‘fue poeta, comerciante, periodista, representante conservador, liberal radical, cónsul en Chile, empresario agrícola, educador, militar, revolucionario, explorador científico, etnógrafo y contratista del gobierno para la explotación de las carboneras de la costa Atlántica’. Para mí, es el bigotudo de los billetes de 50.000 pesos. “Tuvo amistades incomparables (César Conto, Rafael Nuñez, Soledad Román, Elvira y José Asunción Silva) y enemistades odiosas (Miguel Antonio Caro, ¡vade retro, Satan!). Y, obvio, fracasos, triunfos, envidias, caridad, malaria...”

Isabel se emociona. A riesgo de que el libro caiga en la batea de plástico, lee al azar: ‘Me miraba con respeto, con esperanza, como si de mí dependiera nuestra salvación. Sabía que pasara lo que pasara yo seguiría amándolo igual que siempre. Más que amantes, más que la pareja formada desde hacía dieciocho años, éramos amigos. Cada uno contaba con la lealtad del otro. Cuando pienso que en aquella época yo tenía poco más de treinta años, comprendo lo mucho que había vivido para mi edad’. “¿Ves? La sutileza literaria de María Cristina se traslapa con la voz de Felicia. Un traslape feliz”. “Bonancible”, apunto yo, con un adjetivo de Hemingway. “Verás huir la calma es pura lírica”, dice. “Algo que pocos quieren o pueden escribir hoy día en Colombia. Tiene destreza, elegancia, precisión y armonía. Es el mejor libro de Tita. Te lo recomiendo para Navidad. Y eso que otras de sus novelas también me gustan mucho. La mujer de los sueños rotos o Amores sin tregua, por ejemplo”. “¿Tita?”, me extraño. “Tita es María Cristina”, dice, como si yo tuviera la obligación de saber. “Ah...”.

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Rocío Ledesma da el último tijeretazo. A Isabel le secan los pies con una toalla azul celeste. “¿Cuál es la diferencia entre biografía subjetiva y novela?”, pregunto. “Ni idea”, replica, socarrona. “Argucias de editor culto, quizás”, dice. “En el fondo, toda novela es biografía subjetiva y toda biografía subjetiva es novela”. Un impulso me arrebata. “Bésame”, le pido. Ella, dócil exdoncella del siglo XXI, se levanta ‘de súbito para asirse sollozante a mi cuello’ y sus labios descansan sobre mi frente. María, es decir, Isabel, ‘sacudiéndose estremecida la cabeza, hizo ondular los bucles de su cabellera, y escondiendo en mi pecho su faz, extendió uno de los brazos para señalarme el altar’, digo, la ponchera de la pedicure. “Isabelita de mis ilusiones”, suspiro con resignación. Bonancible.

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