Publicidad

Yo, el Ubérrimo

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Esteban Carlos Mejía
19 de diciembre de 2008 - 01:31 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

MI AMIGA ISABEL BARRAGÁN, PROfesora de literatura aplicada, se lleva la taza humeante a los labios. Estamos en un parao de bebidas aromáticas, exótico hasta en Medellín, y ensayamos un té impotable, verde acérrimo, la yerba más amarga del mundo.

Ella sigue a dieta, por joder la vida, pues su talla de modelo, cóncava por acá, convexa más allá, no desmejora ni a pan y agua. “¿Para dónde vas en vacaciones?”, pregunta cortés. “Los hombres de letras nunca sacamos vacaciones”, le respondo, de buen talante. “Los pobres, sin duda”, se burla, con una sonrisa imperdonable. “Yo sí me voy para la finca de mi marido a leer y leer y leer”. “No, pues, qué descanso”, digo, adolorido. No le importa mi berrinche. Me muestra sus lecturas de fin de año, Amanecer de un marido, de Héctor Abad Faciolince, y Era lunes cuando cayó del cielo, de Juan Diego Mejía, mera literatura paisa. “Deberías leerlos… a ver si aprendes”. Me defiendo, algo agriado: “En juego largo hay desquite”.

Por el bolso abierto asoma Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos. “Para mi gusto”, dice con retintín, “es la mejor de todas las novelas de dictadores que se escribieron en América Latina, la más compleja, la más refinada, la más insondable”. Menciona, de paso, El señor presidente, de Asturias; El recurso del método, de Carpentier; El otoño del patriarca, de García Márquez, y La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. “La de Roa Bastos se publicó en 1974 y trata sobre Su Excelencia José Gaspar Rodríguez de Francia y Velasco, Supremo Dictador Perpetuo de la República del Paraguay entre 1814 y 1840, veintiséis añitos de tiranía, ni más ni menos, los mismos que tengo yo”. Increíble, esta mujer, magíster en hermenéuticas literarias, se quita años, siete, como cualquier Cuchibarbie de gimnasio.

“Para escribirla —prosigue—, acopió en bibliotecas y archivos unos 20.000 legajos éditos e inéditos sobre el doctor Francia, a quien en su patria llamaban gran señor, ‘karaí guasú’ en guaraní. Y grabó unas 15.000 horas de entrevistas con supuestos familiares de supuestos parientes y contraparientes del Supremo, que siempre se jactó de no tener ninguno. Al final, en vez de hacer un pastiche, Roa Bastos creó una criatura de ‘existencia ficticia y autónoma’, un personaje extraño, multidimensional, ubérrimo, más fascinante y seductor que el tirano real”.

Isabel concluye: “Parece que el Supremo tenía un intelecto superior, aunque era nervioso, irascible, vengativo e implacable con sus enemigos. Nunca tuvo ministros, apenas mandaderos.

Amaba el poder por el poder mismo. Su debilidad: hacer la lista de juguetes para repartir a los niños el Día de Reyes: generales a caballo, granaderos uniformados, centinelas en sus garitas, cañoncitos y muchachas en cuclillas dando de comer a los pajaritos. ¿Sabes qué le gustaba decir?”. Baja la voz, sigilosa: “Supe que poder hacer es hacer poder”. Repite la cosa con lentitud: “Poder hacer es hacer poder”. De repente se anima, señala un paquete de té verde y lo compra. “De aguinaldo para mi marido”, dice, zalamera. Hora del desquite: “Pero ¿qué te hizo ese pobre hombre? ¿O qué no te hizo, ah?”

Rabito de paja. Otra del ‘karaí guasú’: “Únicamente los pueblos que gustan de la opresión pueden ser oprimidos”.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.