Señora ministra:
No le escribo para señalarla de ser una funcionaria corrupta. Si bien todo el escándalo que la tiene hoy en el ojo del huracán huele a podrido, la realidad es que todavía no están suficientemente claros los elementos probatorios que me permitirían, sin incurrir en posibles faltas a la verdad, imponerle tan delicado calificativo. Determinar si usted tiene o no una responsabilidad penal en este vergonzoso episodio será tarea de la justicia. Pero lo que sí es asunto nuestro, de la gente, es exigirle que asuma la enorme responsabilidad política que sobre sus hombros recae. Usted, ministra, tiene que renunciar. Es así de sencillo.
Con esta afirmación, temeraria si se quiere, no pretendo prejuzgarla y concluir a la ligera que usted manejó los hilos y los pormenores del oscuro entramado que la tiene hoy en la picota pública. Al renunciar, ministra, usted no estaría reconociendo que fue la artífice y la mente maestra detrás de este millonario desastre. Su salida, en esencia, no sería otra cosa que la aceptación de algo que para todos los colombianos resulta evidente: lo que pasa en un ministerio es culpa del ministro. Y si este se equivoca de una manera tan dramática como lo hizo usted, y por arte de magia se le desaparecen $70.000 millones de nuestros impuestos, la consecuencia obvia tiene que ser su inmediato retiro. Es un tema de dignidad.
Los hechos sucedidos bajo su mando no tienen presentación. Gracias al trabajo de los periodistas Paola Herrera y Juan Pablo Calvás de W Radio, el país fue conociendo los detalles de un escándalo que, de no ser por las valientes denuncias de ellos dos, hubiese quedado enterrado en los cajones de una justicia manejada por los amigos del Gobierno.
Aunque usted ha pretendido hacer creer que todo esto salió a la luz gracias al proceder transparente de su ministerio, ese cuento no se lo cree nadie. Seguramente usted, mientras se paseaba por los medios diciendo sin sonrojarse que estaba dispuesta a dar su vida para llegar al fondo de este asunto, no contaba con que Herrera y Calvás tenían ya en su poder las grabaciones con los gritos de una ministra, salida de la ropa, que reclamaba a alaridos a sus funcionarios por las filtraciones a los medios. Nada en esto pinta bien.
Hay que poner las cosas en su sitio. Estamos, en el mejor de los casos, ante un episodio de negligencia e incompetencia sin precedentes. La otra posibilidad, la que seguramente aplica, es que W Radio nos haya abierto la puerta de un entramado de corrupción de otro planeta: anticipos irregulares, paraísos fiscales, millonadas perdidas, garantías bancarias chimbas, favorecimientos a aliados políticos de Barranquilla, interventores de papel, incumplimientos contractuales y un sinnúmero de inaceptables marrullas. Todo el que la conoce, ministra, coincide en que usted es una funcionaria inteligente, preparada y diligente. Por lo anterior, es difícil concluir que todo esto ocurrió sin su conocimiento.
No obstante, el debate no es ese. Su responsabilidad penal, repito, deberá determinarla la justicia. Pero lo que no tiene presentación es que, después de semejante desastre, usted pretenda defenderse sentada en su despacho ministerial. Ha llegado su hora de irse.