El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Lo de Tomás Uribe va en serio

Federico Gómez Lara

23 de noviembre de 2020 - 10:00 p. m.

“En mis planes no está ninguna candidatura presidencial”. Esas fueron las palabras con las que Tomás Uribe, hijo del máximo líder del Centro Democrático, lanzó oficialmente su aspiración para llegar a la Casa de Nariño.

PUBLICIDAD

Sonará extraño que, ante una respuesta negativa del delfín del uribismo, se afirme que su campaña va viento en popa. Pero es esa la realidad. De hecho, poco o nada importan sus declaraciones del fin de semana negándolo todo. Lo que sí vale la pena analizar es el contexto político que detrás de ellas se esconde. Aun cuando hasta ahora sale a la luz la idea de que Tomás, de 39 años, es quien puede salvar a Colombia de la “hecatombe”, esta se viene discutiendo desde hace meses.

La razón es sencilla. A diferencia de cualquier otro partido, el Centro Democrático se fundó para defender los ideales de una sola persona: Álvaro Uribe Vélez. El hombre cuya silueta adorna el logotipo de la colectividad. El expresidente, desde que salió de Palacio, dice sentirse traicionado por quienes él, con su dedo mágico que todo lo puede, designó para reemplazarlo en el poder. Primero fue Juan Manuel Santos. En la lógica de esa corriente política, este último es el traidor, el vendepatrias, el castrochavista y el guerrillero disfrazado de estadista.

Con él, el uribismo la tuvo fácil. “Vamos a fundar un partido diciendo que este tipo nos engañó y que tenemos que volver al poder para salvar a Colombia”, dijeron. La mayoría de los votantes les compraron la idea y, así, de la mano de Iván Duque, volvieron a hacerse a las llaves del Palacio.

Pero es ahí en donde está la pepa del asunto. Aunque en público los uribistas digan que el gobierno actual les parece una maravilla, en privado dejan ver sus verdaderos colores. Al Centro Democrático, y al propio Álvaro Uribe, Iván Duque les parece un desastre. “Lo pusimos en la Presidencia para eliminar la JEP y no pudo; queríamos que consultara cada detalle con Uribe y no lo hace; la economía naranja no sirvió para nada; repartió puestos entre los otros partidos y le dio pocos al Centro Democrático; es demasiado moderado y quiere quedar bien con todo el mundo; no hizo nada para evitarle la cárcel a Uribe; no pudo reanudar la fumigación con glifosato; la seguridad está cada día peor”. Estas son solo algunas de las críticas que componen el largo etcétera de agravios que los uribistas repiten en privado contra Iván Duque, pero que nunca se atreverán a decir en público.

Por eso llegamos a Tomás. Porque quedarían muy mal si reconocieran ante los electores que “les salió chimbo” el hombre que eligieron para rescatar al país del otro hombre que también “les salió chimbo”. La gente les pudo haber creído una vez, pero ya dos son demasiadas.

Entonces, inevitablemente, llegarán a la conclusión de que el único capaz de no traicionar a Uribe es Uribe mismo. Secundarios serán los debates sobre cómo el joven Tomás construyó su fantástica fortuna mientras su padre era presidente, o sobre su inexistente experiencia para dirigir los destinos del país. Los candidatos que llevan años haciendo fila, seguramente, se quedarán viendo un chispero. Y en el uribismo radical, el que manda realmente la parada, lo importante será garantizar que no traicionen al caudillo. Para eso nadie mejor que su hijo.

@federicogomezla

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.