La semana pasada, un amigo al que no veía hace tiempo me invitó a tomarnos un trago. Al llegar a su apartamento, él, tan amable como siempre, me saludó afectuosamente y me presentó a las cuatro personas que lo acompañaban esa tarde.
Pasados unos minutos, en la sala surgió la conversación que por estos días resulta inevitable: esa que pretende analizar la difícil situación que hoy enfrenta Colombia. Antes de entrar en materia y conociendo de antemano las reservas que en esta columna he manifestado sobre el proceder del Centro Democrático, varios de los asistentes me advirtieron que eran uribistas. Uno de ellos, incluso, dijo que era amigo personal del expresidente y que siempre estaría agradecido con él por el servicio que le había prestado a la patria.
Con esa introducción, que en principio entendí como una advertencia de que ese no era el escenario para hablar mal del uribismo, me preparé para lo que anticipaba iba a ser un debate acalorado sobre el manejo que el Gobierno le ha dado a la crisis. Sin embargo, para mi sorpresa, mis contertulios uribistas empezaron a hablar pestes del presidente Iván Duque. “A ese tipo le quedó grande el país”, “algo así con Uribe jamás hubiera pasado”, “nos gobierna el peor presidente de la historia”, “este señor le ha hecho más daño al uribismo que cualquier político de izquierda”.
Abrumado por el rechazo que la figura de Iván Duque producía en una sala en donde todos habían declarado su admiración por Uribe, quise indagar más en el fenómeno. Luego de explicarme sus frustraciones con el jefe de Estado, uno de los presentes concluyó su intervención diciendo: “Mire, es que yo recuerdo que en cualquier momento de crisis de un gobierno en Colombia, usted iba a un almuerzo y las opiniones estaban divididas. Ahora, donde usted vaya, todo el mundo está de acuerdo con que Iván Duque es un desastre”.
Su apreciación me pareció tan preocupante como reveladora. Al salir, quise comprobar la teoría. Busqué a casi todos mis amigos de derecha y escribí mensajes en el chat de mis tías uribistas tratando de conseguir, sin éxito, que alguno me manifestara su apoyo irrestricto a las políticas de Duque. Llamé también a algunos parlamentarios del Centro Democrático quienes, pidiendo que no los citara, se sinceraron y confesaron que Iván Duque les parece un pésimo gobernante.
Aunque esto que escribo tiene apenas un carácter anecdótico, creo que es un reflejo acertado de lo que ocurre, no solo en las calles, sino en el país político. Parece existir un consenso nacional frente a la idea de que a Duque el país le quedó grande.
Bueno sería que el presidente de Colombia se mirara en el espejo y, para sus adentros, se dedicara a analizar cómo pasó de ser un joven político con un futuro promisorio a un mandatario repudiado hasta por aquellos que lo llevaron al poder.
Un buen presidente es autocrítico, sabe reconocer sus errores y corregir el rumbo. Pero salir de la crisis va a ser muy difícil si nuestro líder, en lugar de gobernar, se dedica a grabar autoentrevistas en inglés explicando por qué los problemas del país son culpa del gobierno anterior o del gobierno siguiente, pero nunca del suyo.