Desolación, miedo, angustia e incertidumbre

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Felipe Zuleta Lleras
12 de abril de 2020 - 05:00 a. m.
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Son tantas y tan variadas las sensaciones que he o hemos sentido en las últimas semanas por cuenta del coronavirus que resulta difícil expresarlas. Tal vez escritores como Héctor Abad o William Ospina lo logren hacer pues ese es su oficio: escribir y describir.

No resulta fácil para una persona que por años enteros se ha dedicado a escribir sobre temas políticos coyunturales (como yo) plasmar en una hoja el desconcierto y el pánico que me produce verle tan de cerca la cara a la despiadada muerte.

Cada vez que oímos a los expertos y científicos sobre esta pandemia queda uno más angustiado y desconcertado. Que morirán o moriremos miles o millones. Que el 80 % de la población tarde o temprano tendrá el virus, que se viene una crisis hospitalaria sin antecedentes, que todo esto será peor que la crisis del año 1929 y que el COVID-19 dejará más muertos que la Segunda Guerra Mundial.

Son tantos los sentimientos por los que atravieso a diario y tantas las preguntas que me hago que he sido víctima de insomnio y constantes ataques de pánico. Cada minuto que pasa me cuestiono sobre cómo he vivido mi vida. Si hice o no lo que tocaba y, claro está, sobre la gran cantidad de errores cometidos que pudieron haberse evitado.

Todos estos días he tenido la sensación de que serán los últimos y que de esta no salimos. El pesimismo se ha adueñado de mí. No veo luz al final del túnel y me cuestiono mis creencias religiosas. No veo a Dios, no lo estoy oyendo. Es como si se hubiera escondido para siempre y nos estuviera pasando una impagable cuenta de cobro. Los científicos andan perdidos y los académicos confundidos.

Veo a los gobernantes del mundo patinando y tomando muchos de ellos, que no todos, decisiones absolutamente erradas. Los ciudadanos incrédulos no entendieron la gravedad de esta pandemia y siguieron con sus actividades cotidianas con resultados fatales como los que hemos visto en España, Italia y Estados Unidos. Ver a la supuesta primera potencia del mundo absolutamente devastada aumenta mis temores. Me formulo la pregunta obvia: si no pudieron los Estados Unidos, ¿podremos nosotros?

Dicen que el coronavirus se quedará por mucho tiempo entre nosotros con una agresividad monstruosa. La vacuna no parece estar cerca y los medicamentos milagrosos no aparecen. No encuentro palabras de consuelo ni en la Biblia ni entre mis amigos curas o pastores. Ya no dicen palabras de aliento pues están más asustados que yo. Mis amigos médicos están desolados y confundidos pues ven cómo se les van sus pacientes sin poder salvar sus vidas.

Me perdonará usted, amable y paciente lector, pero hoy solo quería compartir con usted algunos de mis temores que, estoy casi seguro, podrían ser los mismos suyos. Quisiera acabar esta columna de hoy con la oración de la serenidad:

Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo y sabiduría para entender su diferencia. ¡Amén!

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