6 Jun 2021 - 3:00 a. m.

El inescrutable misterio de la muerte

Viendo las cifras de los fallecidos en Colombia por cuenta del COVID-19 (90.000), me he tomado algún tiempo para pensar sobre la inevitable muerte, pues cada compatriota fallecido me ha dolido mucho. Para mí no son una cifra más, como no lo han sido mis familiares y amigos que he visto morir a lo largo de mi vida.

No nos preparan para la muerte y siempre se las ingenia para sorprendernos. Siendo muy joven perdí a mis padres. Entendí entonces que la vida es frágil y que somos muy vulnerables. Mi padre se suicidó a sus 57 años y tres de sus mejores amigos hicieron lo mismo en los meses siguientes, como si se hubiera generado un efecto dominó. Mi madre falleció de cáncer en el páncreas a sus 60 años recién cumplidos. Eran muy jóvenes.

He visto morir a muy buenos amigos en los últimos años. Los recuerdo a diario y finalmente no he entendido por qué murieron tan pronto. La muerte es injusta, traicionera y perversa. García Márquez decía que “el miedo a la muerte lo tiene todo el mundo, pero más que miedo a la muerte misma es miedo al tránsito. Por eso creo que los más felices son los que se mueren de un infarto fulminante. En fin, creo que el miedo no es a estar muerto, sino a estar muriéndose”.

Lo duro realmente no es morirse sino la moridera. Esos días de sufrimiento previos a fallecer son aterradores. El cáncer, por ejemplo, lo va matando a uno con saña. Va deteriorando nuestro cuerpo en medio de unos pavorosos dolores que lo doblegan a uno.

Entiendo además que el suicidio y la eutanasia siempre son una alternativa respetable. Desde 1997 la Corte Constitucional despenalizó la eutanasia, pero le dijo al Congreso que debería legislar sobre eso. No lo ha hecho. Entonces los pacientes terminales —y todos lo seremos en algún momento (salvo que uno se muera de infarto o en un accidente)— deberíamos tener el derecho a disponer de nuestras vidas. Nadie debería decidir cómo moriremos excepto nosotros mismos. Yo no quiero que mis hermanos, mi hija o mis médicos decidan por mí.

Precisamente, he hablado de ese tema con mis médicas: Mariana Soto, mi internista, y Martha Escobar, mi psiquiatra. Yo, hipotéticamente, les planteaba cuál sería mi decisión si fuera diagnosticado con un cáncer o una enfermedad terminal. En lo personal, no sería capaz de someterme por meses a esas quimioterapias que literalmente lo matan a uno para seguir, en teoría, viviendo. Ni qué decir de esas tenebrosas radioterapias. Mi peor defecto es ser impaciente y, como tal, mal paciente.

No le temo a la muerte, pero sí al duro proceso de morirme. Me aterra el deterioro mental y físico que antecede a todo fallecimiento por una enfermedad terminal. La muerte es y seguirá siendo un gran misterio. Los grandes filósofos por décadas se han dedicado a hablar del tema y, claro está, todos los humanos percibimos la muerte de manera diferente. No creo que muchas personas le dediquen tiempo suficiente para pensar en su muerte. Yo sí.

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