Esta semana me he cuestionado si haber escogido el oficio de informar y opinar valió la pena, cuando el día a día me está afectando profundamente. Dolorosamente tuvimos que informar sobre una serie de hechos que, sin duda, me hicieron dudar sobre mi ejercicio del periodismo.
El lunes amanecimos con el caso de Laura Rincón, a quien su novio roció con thinner para, literalmente, quemarla viva. Ella hoy batalla por su vida en el hospital Simón Bolívar, con quemaduras de tercer grado en el 65 % de su cuerpo. Y el victimario tranquilo, porque el juez de la causa lo dejó en “prisión” domiciliaria. Si este criminal no es un peligro para la sociedad, ¿entonces quién lo es? Entiendo que los fallos de los jueces se respetan, pero eso no quiere decir que no podamos criticarlos. En Blu Radio entrevistamos al papá de Laura, una persona de origen humilde que nos contó que el novio, Andrés Rivera, intentó matarla quemándola viva porque no quiso lavar los platos a las tres de la mañana.
Ese mismo lunes nos enteramos del asesinato de dos niños venezolanos a quienes agarraron robando en un almacén de Tibú. Estaban con sus manos amarradas mientras llegaba la policía. Sin embargo, dos personas armadas entraron al almacén, se los llevaron y los asesinaron poniendo sobre su cuerpo un letrero que decía “ladrones”.
También ese día supimos que el asesino del subteniente de la Policía Juan Pablo Vallejo, quien estaba precisamente investigando un crimen de un joven en las inmediaciones de Monserrate, fue dejado en libertad porque, supuestamente, la captura fue ilegal. Más garantías para los criminales que para las víctimas.
El martes, el caso de una abuela de 80 años que, saliendo de misa, fue asesinada en un ataque a una estación de policía en San Calixto, Norte de Santander. De igual manera, tuvimos que informar sobre la aparición de dos cabezas en el Valle del Cauca.
Y para acabar de completar, el prestigioso abogado Fernando Amaya está a punto de ser condenado a nueve años porque le disparó a un peligroso ladrón que entró a su casa. Le tipificaron porte ilegal de armas porque se defendió con un arma que era de su padre. ¡El mundo al revés!
Estas noticias me conmovieron profundamente, me afectaron e hicieron cuestionarme sobre si quiero seguir en el oficio por muchos años más. No hay manera de que uno no se afecte cuando debe informar sobre hechos como los que estoy describiendo.
Y cosas como estas pasan a diario mostrando, sin lugar a dudas, el grado de descomposición al que hemos llegado. La violencia en el país no parece tener final. Por el contrario, se acentúa todos los días.
A todo esto hay que agregarle los ataques diarios que cometen los disidentes de las Farc, el Eln, los grupos ilegales al margen de la ley, el narcotráfico y la minería ilegal. A pesar del proceso de paz con las Farc, la violencia aumenta. Se asesina a líderes sociales y a los desmovilizados. Nadie dijo que iba a ser fácil alcanzar la paz, pero lo cierto es que el país, como el cangrejo, va para atrás.