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4 Sep 2022 - 5:30 a. m.

La vejez

Hace muchos siglos, los seres humanos vivían en promedio 40 años. En la Edad Media el promedio de vida estaba entre los 25 y los 35 años. Con el paso de los años, y con el desarrollo de la medicina, hoy el promedio de vida puede ser de 70 a 73 años, dependiendo de si se es europeo, norteamericano o suramericano, por solo mencionar unos casos. Hago este marco de referencia para caer en el tema, aterrador, de la vejez que, como dijera un médico geriatra en EE. UU., es una enfermedad fatal e incurable.

Personalmente me aterra el hecho de ser anciano, pues no solo nos volvemos una carga para quienes nos rodean. Nos movemos con dificultad, perdemos nuestras facultades físicas y mentales, empezando por la memoria; nos llenamos de achaques y dolencias, y perdemos en algún momento nuestra capacidad de controlar nuestras necesidades, tema en el que no ahondaré por razones estéticas.

Provengo de una familia que, tanto por el ala paterna como por la materna, cuenta hoy con personas longevas. Tengo de lado y lado varios tíos y tías que tienen a la fecha entre 77 años la menor, hasta 96 la mayor. Eso, por supuesto, en vez de alegrarme, me alarma, ya que siempre he pensado que la vejez no es el estado ideal de la vida. En no pocas oportunidades le he dicho a mi hija que, por favor, no me invite a nada cuando esté viejo, si es que llego a las edades de mis tíos. Los viejos, no sé si usted lo ha notado, no suelen decir que no a nada. Me explico: si los invitan, por ejemplo, a almorzar a un restaurante, suelen, por regla general, aceptar. Y por eso es que vemos a nuestros mayores haciendo un gran esfuerzo para comer o caminar. No existe la menor posibilidad de que me deje exponer públicamente siendo un viejo. Y no es ni siquiera por vanidad. Es por la pereza que me produce y me producirá en el futuro interactuar con otras personas. Si hoy a mi edad, 62 años, me da pereza ver gente, tengo claro que con la vejez llegará un ostracismo más fuerte del que ya padezco. Tal vez eso lo heredé de mi abuelo materno, Alberto Lleras, quien más o menos hacia los 70 años se encerró en su apartamento y solo recibía a sus hijos y nietos, y a sus dos amigos Carlos Pérez Norzagaray y Hernando Santos.

Le producía una hartera profunda recibir más personas. En alguna oportunidad el entonces presidente Virgilio Barco (1986-1990) le pidió una cita, la que le dio con hartera. Barco fue a su casa a decirle que se iba para Washington a instalar una escultura del viejo en la sede de la OEA.

Carlos Pérez, que estaba con él, dijo: “Alberto, eso parece un homenaje que se les hace a los muertos”, a lo que él respondió: “Y que no se vayan a dar cuenta de que estoy vivo”. Eso lo reflejaba de cuerpo entero. Dicen algunos psiquiatras que con los años, los defectos se acentúan. Y no me cabe la menor duda pues, y hablo antipáticamente en primera persona, con los años se me ha ido acabando la poca paciencia que siempre me ha caracterizado. Dios me libre de llegar a ser mucho más viejo.

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