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El presidente Petro lleva ya varios meses, tal vez desde el inicio de su tormentoso mandato, viendo golpes de Estado en su contra en todas las esquinas. Claro, frente a algunas declaraciones estúpidas de un excoronel, se agarró de ahí para victimizarse. Pero ya en el pasado ha hecho lo mismo. Bien sabe Petro que la gran mayoría de los ciudadanos somos respetuosos de nuestra Constitución y nuestra institucionalidad. Sí, la misma que a él tanto le molesta cuando lo contradicen, porque él es “el jefe del Estado”.
El Gobierno no necesita que le den un golpe ni que le hagan oposición, pues están haciendo tan mal las cosas que ellos mismos están labrando su destino y cavando su tumba. Recuerdo a mi gran amigo Carlos Pérez Norzagaray, quien decía que “tumbar a un presidente es muy jodido, pero que se caiga es facilísimo”. Precisamente, esta semana Alejandro Gaviria, exministro de Educación y de Salud, dijo que la propuesta de una reforma a la salud no pone presidentes, pero los puede tumbar. Eso es exactamente lo que podría pasar si Petro insiste en seguir adelante con una reforma a la salud que no cuenta con el apoyo de la ciudadanía. Leer al presidente no es tan complicado como a veces parece, pues no podemos olvidar su origen subversivo. Eso lo marcó de por vida. Ve fantasmas en todas partes y, por ende, es un paranoico irremediable. A tan solo nueve meses de haberse posesionado se siente acorralado y él lo sabe. ¿Pero quién lo llevó a esa situación? Él mismo, porque, a pesar de ser un político hábil, subestimó los controles institucionales y a sus críticos. Error de principiante, pues si usted no tiene bien perfilado a su enemigo, como se dice en el argot militar, fracasará en esa batalla. Con sus derrotas ha entendido que el país tiene una institucionalidad y unos mecanismos de control bastante eficientes. La manera de gobernar no es tratando de levantar a los pobres contra los ricos. Sobre todo cuando serán los menos favorecidos los que más se perjudiquen con la reforma a la salud y la eventual desaparición de las EPS.
El presidente ya entendió, a pesar de sus arengas y balconazos, que no está contando con el apoyo ni siquiera de los 11 millones de ciudadanos que votaron por él. ¿Por qué? Básicamente porque están decepcionados. Les prometió muchas cosas que no se han cumplido y seguramente no se podrán cumplir.
Si bien en el Gobierno no quieren leer lo que está pasando en las calles, se harían un bien si desde Palacio se conectan más con el país que con Twitter. Porque las redes no son Colombia. Si la realidad de una persona es Twitter y todo lo que se dice en esa cloaca, ciertamente habrá una desconexión con la realidad. Eso es precisamente lo que le está pasando al presidente trinador que, no tengo la menor duda, dejó de lado al presidente gobernante. Los mandatarios suelen desconectarse, pero no en tan corto tiempo. Lo más peligroso para la democracia es Petro acorralado.
