Publicidad

Navidad

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Felipe Zuleta Lleras
25 de diciembre de 2022 - 05:00 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Hoy se celebra en el mundo la Navidad. Nosotros la festejamos en la noche del 24. Recuerdo que de niño la Navidad la armaba mi abuela materna. Siempre había un árbol, que era un pino. En esa época no era políticamente incorrecto vestir un árbol verdadero, que vendían en algunos sitios de Bogotá. Incluso se conseguía hasta en la calle. Lo mismo pasaba con el pesebre, al que se le ponía musgo, cosa que hoy sería impensable.

No recuerdo, cuando yo era niño, hace más de 50 años, que la cena fuera pavo, como se ha puesta de moda hoy. Más bien evoco unos perniles de cerdo maravillosamente preparados, con salsa de manzana, puré de papa y alguna ensalada. El panettone no podía faltar y no tengo presente que nos dieran natilla ni buñuelos.

La abuela era muy generosa en regalos, que compraba desde septiembre o los traía de Nueva York, ciudad que frecuentaban los abuelos. De niños nos excitábamos mucho con la Navidad y la pólvora, que en esa época se compraba en todas partes. La abuela, al vernos tan agitados a sus nietos y a su perrita Sweetie, nos daba entonces unas gotas de Pasiflorina, un tranquilizante que se usaba en esa época. No recuerdo haber tenido de menor regalos que “traía” el Niño Dios. Como tampoco llegaba el ratón Pérez cuando a uno se le caía un diente. Mi mamá no era devota de esas creencias, entonces desde muy chiquitos nos bajaron del cuento del Niño Dios. En esa época vendían unas bicicletas de marca Monark. Los abuelos me regalaron en Navidad una Monareta, un modelo que producía esa fábrica en Cali. Recuerdo de niño montar en bicicleta con el abuelo en Chía, adonde se trasladó a vivir en los años 70.

Primero alquiló una pequeña finca, que se llamaba Zarzamora. Después construyó una modesta casa a la que le puso Siatá, donde vivió varios años.

Ya de adulto no recuerdo haber armado árboles de Navidad, pues siempre he pensado que es una celebración más para los niños. Por años he sido como el Grinch: no se me ocurre ir a un centro comercial y doy pocos regalos; no por tacaño, sino porque me da pereza. A mi empleada y a las personas que trabajan en el edificio donde vivo siempre les he dado dinero, para que tengan plata para su cena de Navidad. Detesto el rito de la Novena de Aguinaldos. No solo porque el texto de la Novena me parece lobísimo, sino porque no resisto a las personas tocando las tapas de las ollas o las cucharas de palo. Ni que decir de los villancicos. Más charro que la nanita nana, nanita nana, nanita ea, imposible. La Navidad, con los años, ha perdido su esencia en medio del consumismo. Si usted le pregunta, por ejemplo, a un joven qué se celebra en esa fecha, seguro no sabe que es la natividad de Jesús.

Va culminando un año que se me pasó volando. Así como perdimos el 2020 y parte del 2021 por cuenta de la pandemia, este año no lo sentí. No sé en qué momento llegamos a diciembre. Tal vez porque con la vejez los años se van pasando mucho más rápido.

Feliz Navidad para todos ustedes.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.