Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El escándalo de la adjudicación del Mintic al consorcio Centros Poblados tiene hablando a los colombianos. Cuantos más datos se van conociendo, el asunto cada vez hiede peor.
Dice la Fiscalía que uno de los artífices es el condenado Emilio Tapia, quien, al parecer, estructuró el robo desde su casa por cárcel. Entre otras, realmente no estaba detenido porque lo vieron en el Carnaval de Barranquilla y en el departamento de Antioquia buscando casa.
La burla a la justicia es el pan de cada día. Se ha venido sabiendo que varios de los personajes condenados por el carrusel de contratos en Bogotá están metidos en este nuevo robo de $70.000 millones (plata que, estoy seguro, se perdió).
Se habla de llamadas de congresistas a la entonces ministra Abudinen, llamadas del entonces embajador Francisco Santos, reuniones de Tapia con otros pícaros, funcionarios del Mintic corruptos. En fin, se dice incluso de unos pesos pesados de la política detrás de ese robo. Ahora, no estoy afirmando que todos los que se metieron en el tema son corruptos.
Precisamente porque hay tantas e importantes personas en este robo es que creo que no va a pasar nada trascendental. Meterán presos a unos carlanchines, mientras los verdaderos poderosos quedarán tranquilos.
¿Por qué digo esto? Porque fue exactamente lo mismo que pasó con la corrupción de Odebrecht y la financiación de las campañas políticas. Metieron presos a unos mandos medios, mientras que a los cacaos, que manejaron millones en efectivo, no los tocaron.
Le he oído en muchas oportunidades al profesor y exfiscal Alfonso Gómez Méndez que cuando se empieza a oír que el establecimiento se cae si se conoce toda la verdad no pasa absolutamente nada. Se activan, digo yo, los mecanismos usados por las mafias, es decir, amenazas de muerte, asesinatos, chantajes y extorsiones. Incluso hay personas que prefieren “sacrificarse” para salvar su propia vida.
Los grandes escándalos de corrupción en el país generan más titulares que condenas. Entre estos recordamos, por ejemplo, Reficar, Saludcoop, el cartel de la hemofilia, Interbolsa, carrusel de Bogotá, los Ambuila con la DIAN y el cartel de la toga. Recordemos Chambacú, Dragacol y el caso Pretelt. ¿Y que pasó? Unos pocos presos en sus domicilios muertos de risa.
En todos estos casos, comparado con lo que se robaron, hubo proporcionalmente muy pocas condenas.
Los corruptos saben que las posibilidades de que los agarren son pocas y, si los pillan, no pagan cárcel porque colaboran con la justicia o pagan unas condenas irrisorias en sus casas y salen a disfrutar sus fortunas, porque nunca devuelven un peso ni les encuentran bienes para hacerlas efectivas. Por todo eso es que los colombianos no creen en la justicia colombiana.
Así las cosas, en este caso de corrupción del Mintic no veremos importantes condenas porque detrás del ilícito hay gente más poderosa que el corrupto Tapia y sus pícaros secuaces.
