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¿País de cafres?

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Felipe Zuleta Lleras
19 de octubre de 2014 - 02:00 a. m.
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Se quedó corto el maestro Darío Echandía cuando sostuvo que Colombia era un país de cafres.

Tal vez cuando pronunció esta máxima hace más de 50 años, jamás pensó que la connotación de cafres se iba a quedar corta con el devenir de los años. La inteligencia de Echandía era como la de pocos colombianos de su época, pues además de político fue un gran filósofo.

Esta expresión coloquial que solía repetir el maestro cuando se reunía con los pocos amigos que lo frecuentaban, demuestra qué tan claramente preveía el profesor Echandía la condición de sus coterráneos y la capacidad de algunos de ellos para hacer el mal. No sólo desde el Gobierno, sino desde las diferentes instituciones que él respetaba como las Cortes y el Congreso.

Sostengo que se quedó corto porque jamás hubiera sido capaz de pronosticar que pasaríamos por las manos de pésimos e ineptos y ligeros presidentes, o tal vez que la guerrilla, apenas incipiente hace 50 años, sería capaz de arrodillar al país y a sus presidentes a su antojo, como lo hicieron con Andrés Pastrana, con Ernesto Samper, con el propio Uribe (que trató de llegar debajo de la mesa a un acuerdo con ellos) y ahora con el presidente Santos. Lo que Echandía llama cafres no son nada más ni nada menos que una recua de delincuentes sin escrúpulos, cínicos y, como se dice popularmente, malparidos. Es decir, indeseables, malnacidos, despreciables.

No me opongo per se al proceso de paz, pero percibo que por cuenta de esto la sociedad colombiana quedará más fracturada —casi de manera irreparable— no sólo porque a eso juegan las Farc, sino porque el presidente ha hecho trampas, como la de autorizar la presencia de Timochenko en Cuba y porque se ha dedicado casi de manera exclusiva a este tema, mientras muchos de sus altos funcionarios, que no todos, van de cagada en cagada dando la sensación de que no tienen los temas estudiados.

Como efectivamente no los tienen. Por ejemplo, la reforma tributaria que nos quieren meter, la reforma empantanada de la salud, la reforma política, la reforma a la justicia. En fin, ni para qué seguir con la lista.

Asumo que esto nos pasa porque además solemos ser indolentes. No protestamos, no exigimos, no reivindicamos nuestros derechos como ciudadanos víctimas de un Estado ladrón, ineficiente, corrupto e inviable. Entre otras cosas porque acá los únicos que pasan sabroso son los presos de cuello blanco, cuando van presos, que no son muchos y quienes viven en sus cárceles como reyes, mientras la gran mayoría de los ciudadanos sudan con sangre cada peso que se ganan para que los recaude el Estado y así algunos poder seguir robando a manos llenas o gastando a sus anchas sin haber solucionado los problemas básicos que afectan a millones de colombianos.

En fin, ese fue el país que nos tocó y que tendremos que seguir soportando mientras no seamos capaces de pararnos frente a nuestros malos gobernantes a decirles: no más. ¿Será eso posible?

 

 

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