Vivía en Bogotá en los años 40 un personaje al que le decían Pomponio. Era un joven que pertenecía a la clase alta de la capital y quien, dicen los historiadores, se volvió loco porque su novia lo dejó plantado en el altar. Sin embargo, otros sostienen que su enfermedad mental se debió a una paliza que le dieron.
Pomponio vestía de forma extravagante y a la postre se convirtió en el cartero de los bogotanos de estratos altos, pues era muy organizado, eficiente y, además, sabía en dónde vivía todo el mundo.
Alguna vez le oí a mi abuelo Alberto Lleras hablar sobre este personaje. La anécdota es que Pomponio, un día repartiendo unas invitaciones para una boda, se aburrió y botó algunas de las tarjetas a la caneca. “Que se jodan estas relaciones”, dijo. Y por su cuenta se jodieron muchas relaciones.
Desde ese entonces, eso sirvió de excusa para varias personas del viejo Bogotá, pues cuando no invitaban a alguien, y esa persona los recriminaba, ellos decían que sí la habían invitado y que seguramente Pomponio había botado las tarjetas.
Hoy en día todas las invitaciones le llegan a uno por Whatsapp, además de las pendejadas que corren por las redes.
La inmediatez del Whatsapp ha hecho que no hablemos con las personas que queremos y además acabó con nuestra tranquilidad. Hace mucho tiempo decidí no usar Whatsapp, sino para las cosas que hacen que la vida me funcione. Mi asistente Zulma, mis médicos, mis compañeros de trabajo, un par de buenos amigos o mentores como el doctor Alfonso Gómez Méndez, mi odontólogo y punto.
Las demás personas que me escriben suelen no encontrar respuestas de mi parte. Yo, como Pomponio, no lamento que se jodan algunas relaciones.
Tengo una fobia con el celular que no tiene una definición todavía. Le hice la consulta a la RAE y me contestó que no hay palabra para la fobia al celular. Existe la nomofobia, que es el miedo irracional a permanecer un intervalo de tiempo sin un teléfono celular a mano. A mí, por el contrario, me produce angustia mirar el celular y en cambio no me la produce dejar de mirarlo.
He aprendido a no mortificarme por no contestar los mensajes y en efecto, salvo las excepciones que mencioné, no contesto. Entiendo que mucha gente se molesta con eso, pero la verdad es que, a pesar de ser una persona de buenas maneras, frente a los mensajes innecesarios he perdido claramente todas las formas.
Detesto que me envíen memes o videos. No me interesa contestar a mensajes como “Hola, ¿cómo estás? Feliz lunes, abrazo afectuoso”. Ni que hablar de los asesores de prensa de los funcionarios o los políticos. Esos sí que son mamones, empezando porque, además de intensos, lo tutean a uno como si lo conocieran. Siempre los bloqueo.
Para acabar de rematar, muchas de las personas que mandan mensajes creen que uno debe estar disponible 24/7, y se equivocan. Así pues, amigos, quedan notificados y advertidos sobre mi conducta frente al Whatsapp y el odioso celular.