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Con la añoranza de los años idos, todavía recuerdo cuando nuestra vida transcurría tranquilamente sin que nos agobiaran el exceso de comunicaciones que hoy nos bombardea permanentemente, sin que podamos evitarlo, pasando, como me está ocurriendo a mí, por ser una persona antipática, distante y grosera.
Lo digo porque a raíz de una novedad de salud que me postró un par de meses, descubrí que vivir sin celular, sin mensajes de texto, sin leer correos electrónicos y sin el odioso e intrusivo Whatsapp es totalmente posible y absolutamente maravilloso.
Por eso desde hace unas semanas para acá decidí no volver a contestar mensajes de texto, y mucho menos a las preguntas estúpidas que se me formulan por Whatsapp, entre otras cosas porque si uno contesta, corre el riesgo de que le armen a uno una conversación en la que no está interesado.
No se imaginan la dicha que produce no tener que chatear ni contestar el correo, ni nada que tenga que ver con los malditos, detestables e inmamables celulares. En estos días me preguntaba mi jefe en Caracol Televisión y Blu Radio, empresas para las que trabajo, que entonces cómo se podrían comunicar conmigo si ya no miraba el celular ni contestaba los teléfonos de mi casa (que mandé desconectar con una felicidad indescriptible). Le dije que por ahora me limitaba solamente a ver los correos electrónicos dos veces al día.
No entiendo las normas de protocolo que se deben seguir con eso de los chats, pero tengo claro que ni las voy a mirar ni me interesan. Simplemente me mamé de que me escriban, pues no concibo que uno pueda estar disponible siempre para todo el mundo, como los almacenes abiertos las 24 horas del día. Así de sencillo. Como tampoco considero que haya nada urgente, la decisión de desconectarme se me facilitó enormemente.
Hace 25 años, cuando no existían los celulares, a uno lo conseguían en su oficina o le dejaban mensajes en su casa. Lo cierto es que si de verdad alguien quiere hablar o verlo a uno, se las ingenia para buscarlo. Pero claro, como hoy no es sino mandarle un mensaje por una de esas aplicaciones, entonces todo el mundo se siente con el derecho de joderle a uno la vida. Por mi parte, no estoy dispuesto a que eso me pase, pues cuando uno ha estado enfermo e incapacitado, entiende que deja de ser imprescindible y que el cementerio está lleno de los irreemplazables. Lo demás son normas de conducta sociales que, hoy por hoy, no me importan, pues como decía mi abuelo Alberto Lleras: “Ya a mi edad no se le teme a nadie, cuando no se le teme a la muerte”.
Maldita la hora en que llegaron los celulares a nuestra vida, pues nos han convertido en esclavos de unas necesidades que lo que hacen es jodernos la vida. Ya entiendo además por qué al Twitter y a esas vainas les dicen redes sociales. Porque desde que aparecieron nos enredaron la vida como a los moscos en las redes.
Me declaro en franca rebeldía y espero que mis amigos lo entiendan y mis jefes lo comprendan.
