13 Jun 2021 - 3:30 a. m.

Un médico frustrado

Desde niño quería ser médico, lo cual era raro proviniendo de una familia de políticos, periodistas y abogados. Siempre pensé que esa era una manera práctica de ayudarles a los demás. Pero además aspiraba a ser cirujano. Tengo perfectamente claro que el cirujano plástico Hernando Castro Romero, padre de mis amigos del colegio (Arturo y Hernando Castro Restrepo), a quien le decían “el ciego” Castro, me había influenciado fuertemente. Años después el doctor Castro se convirtió en mi suegro, pero esa es otra historia.

En 1979 ingresé a estudiar Medicina en la Escuela Militar de Medicina y Ciencias de la Salud, perteneciente al Hospital Militar, que hoy es la Facultad de Medicina de la Universidad Nueva Granada. El director era el doctor Gustavo Malagón y el decano era el doctor Juan Antonio Janer Ruiz.

Nos dictaban las cátedras en el auditorio del Hospital Militar y desde el primer semestre nos mandaban a hacer prácticas a los centros de salud de Bogotá. Uno de ellos era el centro de salud Adriano Perdomo, que, años después, se convirtió en el hospital de Ciudad Kennedy.

Ya en segundo semestre yo estaba haciendo práctica un viernes en la noche. Los médicos que allí trabajaban nos ponían a atender pacientes con varias patologías, pero siempre con ellos al lado. Recuerdo que hacia la una de la mañana entró por urgencias una joven señorita con una herida profunda en la palma de la mano. Le pregunté qué le había pasado y me relató que habían tratado de apuñalarla y ella cogió el cuchillo con la mano. Eso explicaba el tipo de lesión que tenía. Me contó que se dedicaba a la prostitución y me conmovió profundamente.

Le limpié la herida y le dije que le iba a poner una inyección de anestesia y que eso le dolería y mucho. En efecto, inicié el procedimiento y cuando la inyecté la señorita me pegó una cachetada con la mano sana. En una reacción desproporcionada y estúpidamente infantil le devolví la cachetada. Por supuesto, el médico que nos supervisaba me sacó de ahí.

Al siguiente lunes pedí una cita con los doctores Malagón y Janer. Les relaté el incidente y obviamente les informé que me retiraba de la facultad. Había entendido que esa no era una carrera para mí. Ellos amablemente me dijeron que lo pensara, pues venía con un muy buen promedio. Les dije entonces que era una decisión tomada. Así se frustró mi aspiración de ser médico.

Años después he visto que algunos de mis compañeros de clase se convirtieron en magníficos médicos. Nicolás Jiménez, Fernando Hakim, Armando Carvajal, María Michelsen, Roberto y Gustavo Malagón y Álvaro Cogollos, entre otros.

Tras 42 años de ocurridos los hechos y como ejercicio desapasionado, entendí que uno jamás debe tomar decisiones cuando está con rabia o dolor.

Notícula. Los colombianos estamos muy cansados de las protestas y los bloqueos. Los daños económicos y la pérdida de empleos son absolutamente dramáticos. No más.

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