Acertamos al decir que Colombia está polarizada hace decenas de años. Desde la violencia política entre godos y cachiporros que llevó a los expresidentes Lleras Camargo y Laureano Gómez a suscribir el pacto de Benidorm y Sitges, y que le dio origen al Frente Nacional (1958-1974).
Con todo, la violencia no cesó y abrió las puertas a la creación de las Farc y del Eln. Siguieron 60 años de guerra con las Farc, hasta que el expresidente Santos logró firmar la paz con este movimiento subversivo en 2016. Sin embargo, la violencia continúa, pues muchos de los miembros de las Farc se organizaron como disidencias. No haré en esta columna una reseña sobre la historia reciente del país, pues de eso ya se ocupó el profesor David Bushnell en su libro Colombia, una nación a pesar de sí misma.
Traigo a colación esta pequeña parte de nuestra historia, porque me temo que el presidente Petro va a empezar, literalmente, a jugar con candela. Lo digo porque a la mejor manera de un Estado de opinión, ha citado a una marcha el 14 de febrero (el mismo día que ha convocado la oposición), dizque para apoyar sus reformas pensional, laboral y a la salud. Lo complicado es que hasta hoy no se conocen los textos de los proyectos que deben ser discutidos y aprobados en el Congreso. Claro que Petro no tiene ninguna prohibición legal para convocar a estas marchas, pero será responsable de cada persona que resulte herida o muerta, pues uno sabe cómo empiezan esas marchas entre la oposición y el Gobierno, el mismo día y por las mismas vías, pero nunca sabe cómo acaban. Los ciudadanos estamos crispados, no solo por las razones políticas, sino por la incertidumbre que genera en todos los frentes este gobierno de bandazos.
Estamos mamados, o al menos yo lo estoy, con la ineficiencia del Estado colombiano. Nada funciona y todo está lleno de trabas. Cualquier trámite que tengamos que hacer es una pesadilla. El Estado es paquidérmico, corrupto, ineficiente, chantajista y ladrón. Eso nos tiene enervados. Ahora bien, si usted vive en la destrozada Bogotá, el grado de enerve es aún peor. La ciudad es invivible, desordenada, destruida, insegura y sucia, entre otras. Todo eso hace que andemos exasperados. Por eso vemos casos como el de una señora que le pegó a un empleado de un restaurante porque no le traía las papas fritas. O alguien que le pegó a una empleada de Avianca, por solo mencionar dos casos. Las cifras de riñas y de violencia intrafamiliar están disparadas. Esto no es solo un asunto de nuestra idiosincrasia. Es que no vemos un futuro claro.
En lo personal, cada día estoy más convencido de que el país es inviable. No tenemos nada claro y la incertidumbre hace que estemos, como se dice popularmente, con los nervios de punta. Y las actitudes y mensajes del presidente no ayudan absolutamente para nada. Por el contrario, generan más angustia y desazón entre los ciudadanos, entre los que me encuentro. Oh, confusión, oh, caos. ¡De culo para el estanco!