No tengo memoria, en mi larga vida, de haber visto a Bogotá tan destrozada. Y no me refiero solo a las obras que se adelantan. No. Se trata de todo lo demás. La malla vial está destruida, la movilidad estancada, la inseguridad disparada y la ciudad luce inmunda y cochina. ¡Invivible! Es inamistosa y peligrosa. Hacer cualquier vuelta es toda una odisea. Como dice un meme que vi en estos días: Bogotá queda a tres horas de Bogotá.
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Aprovechando el encierro de meses al que fuimos sometidos por el COVID, la alcaldesa, sin estudios serios y a espaldas de la ciudadanía, decidió hacer una ciclovía por la carrera séptima. Así logró que colapsara aún más la movilidad por esta avenida. Entonces uno ve pocos ciclistas por ahí y miles de carros atascados.
No entiendo por qué los bogotanos se han encargado de votar por tan malos gobernantes y de odiar a los que sí hacen las cosas bien. Me explico: eligieron a Petro y a López (sin experiencia), pero le hicieron la vida de cuadritos a Peñalosa, quien de lejos ha sido el mejor alcalde de las últimas décadas.
El prurito de no continuar con las obras planeadas y las contradicciones en las decisiones han hecho que Bogotá no tenga rumbo. Así, por ejemplo, López dijo que no haría el Transmilenio por la 68, pero se desdijo. Suspendió las obras de Transmilenio por la séptima dizque para hacer un corredor verde. No se han adjudicado los contratos. Lo poco que ha hecho es gracias a las obras que dejó contratadas Peñalosa, pero ella las cobra como si fueran suyas. La mezquindad hecha persona, pues no ha tenido la gallardía de darle un solo crédito a su antecesor.
Bogotá está, en mi criterio, en su peor momento. Las obras avanzan muy lentamente. Por solo mencionar un ejemplo, hablemos de los andenes que van de la carrera séptima a la novena en la calle 85, al norte. Se han demorado, a la fecha, más de un año para hacerlos. Con esa lentitud, no me quiero imaginar para cuándo estará el Transmilenio de la 68 o el metro que, a esta altura del paseo, no se sabe si será elevado o subterráneo por cuenta del ego del presidente Gustavo Petro. Si para hacer el deprimido de la calle 94 se demoraron 14 años, imagínense lo que sería un metro subterráneo.
Bogotá y sus ciudadanos no nos merecíamos tan malos alcaldes. Por eso es que envidio a Barranquilla, cuyos habitantes han tenido la claridad de escoger buenos alcaldes en los últimos 16 años, que construyen sobre lo construido. Medellín, por su parte, cayó en las nefastas manos de Daniel Quintero, quien cree que ha sido el mejor burgomaestre de la ciudad, cuando las estadísticas de temas como la inseguridad y la desnutrición infantil dicen lo contrario. Cali, destrozada.
Todavía le queda un año a López y, claro, ya está empezando a publicitar sus “importantes” logros. De no haber sido por Peñalosa, ella no habría podido mostrar ni uno solo. Y para qué hablar, si siempre les echa la culpa a los demás de sus desaciertos.