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Se veía venir la decisión del Gobierno de pedir el carné de vacunación para poder entrar a algunos sitios, entre ellos eventos públicos masivos, restaurantes, gastrobares, cines, discotecas, lugares de bailes, conciertos, casinos, bingos, actividades de ocio, escenarios deportivos, parques de diversiones y temáticos, museos y ferias. Y si bien el Gobierno ha dicho que no es obligatorio, no me cabe la menor duda de que, de acuerdo con el decreto, en la práctica lo es.
No faltará quien diga que es discriminatorio y, por supuesto, quienes demandarán las normas. Si bien el Decreto 1408 tiene en su parte considerativa unos sólidos argumentos relacionados con la salud y los derechos individuales, no me quedó claro al leerlo que sea impecable en su constitucionalidad.
En un país de leguleyos y santanderistas de pacotilla (y que me perdone Francisco de Paula Santander), de una vez me atrevo a pronosticar varias demandas contra el decreto y cientos o miles de tutelas.
Permítanme hacer algunas reflexiones cuando llevamos ya 20 meses de crisis. Esta pandemia ciertamente ha producido muchos cambios en lo que tiene que ver con la manera como vivimos. El COVID-19 demostró que, literalmente, vivíamos como marranos. Poco nos lavábamos las manos, no desinfectábamos lo que traíamos a casa, no nos quitábamos los zapatos al entrar a casa, no usábamos tapabocas cuando nos daba gripa, no cargábamos desinfectantes de manos en nuestros bolsillos, tosíamos sin taparnos la boca, etcétera.
Las libertades de la humanidad se vieron fuertemente limitadas en todas partes del mundo. Confinamientos de meses, toques de queda, limitaciones para adquirir víveres, imposibilidad de viajar en avión o por vía terrestre, teletrabajo y suspensión de clases, entre otras cosas. Muchos pasamos meses encerrados sin ver a nuestros seres queridos y amigos. Las enfermedades mentales se dispararon y la violencia doméstica aumentó. Yo mismo padecí y padezco aún, por cuenta de la pandemia, una depresión crónica severa que manejo con terapia y medicamentos.
El número de divorcios se disparó porque muchas parejas no se conocían conviviendo 24 horas al día bajo estrés y presiones.
Definitivamente, solo algunos científicos vieron venir esta pandemia, pero la humanidad y los gobernantes hicieron caso omiso. Lo peor es que no estoy muy seguro de que hayamos aprendido la lección de un virus que llegó para quedarse. Decían que la pandemia sacaría lo mejor de cada uno de nosotros y pasó lo contrario: mostró, sin máscaras, quiénes somos y cómo actuamos perniciosamente frente a situaciones desconocidas como las que trajo la pandemia.
El mundo no cambió como debía. Seguimos contaminando, fomentando el calentamiento global, depredando los bosques e intoxicando los océanos. Esa capacidad que tenemos las personas de adaptarnos a cualquier situación, en este caso del COVID-19, jugó en nuestra contra, porque no aprendimos la lección y creo ya nos cogió la noche para eso.
