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Vimos esta semana al candidato Gustavo Petro alicorado dando un discurso en Girardot. Él mismo confesó que se había tomado un trago y que le había caído mal porque estaba muy cansado. Sin duda, una salida en falso. La gran mayoría, sin generalizar, nos hemos emborrachado alguna vez en la vida. Pero quienes tenemos algún reconocimiento público debemos ser muy cuidadosos. ¿Ustedes se imaginan el escándalo si yo saliera un día al aire borracho en Blu Radio?
El caso de Petro no es el primero. Acuérdense cuando Lucho Garzón fue pillado borracho en Bucaramanga. Y en no pocas oportunidades hemos visto a parlamentarios ebrios en plenarias.
El problema no es tomarse unos tragos. Es exponerse al escrutinio de la opinión pública en estado de alicoramiento. Hay quienes dicen que el trago no debería ser un tema fundamental en una campaña. El asunto de fondo es si el candidato Petro, hoy primero en las encuestas, tiene o no problemas con el alcohol. No sería el primero, pues en el pasado, por ejemplo, el expresidente Uribe contó que dejó el trago porque se ponía muy agresivo. Recuerdo que también Carlos Lleras Restrepo dejó el trago cuando asumió la Presidencia, en 1966.
Sin ir muy lejos, recordemos a Winston Churchill, que tomaba trago a diario y nunca lo negó. ¿Hasta dónde llega la vida privada y empieza la vida pública?
Quienes tenemos una figuración pública debemos asumir que nuestra vida privada está expuesta al escrutinio de la opinión. No solo en lo que tiene que ver con el trago, sino con absolutamente todo. Nuestras relaciones de pareja, nuestros hijos, padres, hermanos, etcétera. Hoy por hoy, con las redes, que son implacables y perversas, la cosa es peor aún. Cuántas veces no hemos visto que, por ejemplo, les cobran a los periodistas o políticos asuntos en donde algún familiar se ha visto en problemas penales.
Hablando de la vida privada, sería conveniente que todos los candidatos expongan ante la opinión pública sus asuntos privados. Que cuenten absolutamente todo. Lo que no les puede pasar es lo que le sucedió a la vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, con un hermano que fue condenado por un caso de drogas y nunca le contó a la opinión pública. Eso, por supuesto, no debería afectarla, pues no hay delitos de sangre. Lo grave fue haberlo ocultado por 23 años. El problema de no ser francos con la opinión pública es que eventualmente podríamos quedar sometidos a extorsiones o chantajes.
Recuerdo ahora un caso de transparencia y fue la que tuvo con el país el general Óscar Naranjo, entonces director de la Policía, quien, frente al doloroso caso de tener un hermano vinculado con temas de narcotráfico, salió a la opinión pública y puso la cara.
Retomando lo dicho al comienzo de esta columna, solo espero que el caso de Petro esta semana haya sido un desafortunado momento y que no tenga problemas con el trago, pues eso, en un eventual presidente, sería un desastre para Colombia.
