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127 formas de sospecha

Fernando Araújo Vélez

12 de junio de 2010 - 08:00 p. m.

Era una de aquellas noches en las que ella hubiera deseado que el mundo se desplomara, una noche sin expectativas, fría, lluviosa, desabrida.

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Tenía que ir a recoger a su hijo mayor que salía de clases de karate a las siete y treinta. Llegó 20 minutos antes, pero la espera no la impacientó. A fin de cuentas, eran preferibles la calle, la gente desconocida que pasaba, el riesgo de que un policía le firmara un comparendo porque estaba en zona de no parqueo, a verle una vez más, como todos los días desde hacía 22 años, la cara de fastidio a su esposo.

Abrió la ventana de par en par para que no quedaran vestigios del cigarrillo que acababa de encender, sacó de su cartera un pintalabios y se miró en el espejo retrovisor. Un taxi que estacionó detrás de ella la distrajo unos segundos. Le echó pestes, simplemente porque era un taxista. El tipo apagó las luces. Ella se desentendió del asunto y siguió con los restos de vanidad que aún le quedaban. El taxista volvió a prender su auto. Cinco segundos más tarde pasó por su lado. Lento, medido, cuidadoso. La miró. Ella se turbó un poco, pero sacó un gramo de valentía de su orgullo mil veces herido y le sostuvo la mirada.

Después, por alguna inconsciente precaución, observó el número del móvil y aguardó a que acabara de pasar para memorizar la placa. Vio el baúl medio abierto. Le hizo vanas señas a su admirador. Entonces puso primera y arrancó. Inventó un infructuoso cambio de luces y pitó dos, tres veces. El taxi continuó su marcha. Ella lo persiguió unos cuantos metros. Cincuenta, 100, declararía luego. De repente el baúl se abrió del todo. Ella vio un brazo, una mano y, más allá, una especie de bulto que, supuso, debía ser un hombre. Llamó a la policía y la policía, cosa rara, pensó, llegó en sólo cinco minutos. Una, dos, tres patrullas y dos motos detuvieron al taxista en una esquina de la Avenida 127 de Bogotá. El baúl se había cerrado. La señora se detuvo varios metros detrás del taxi. Desde allí observó cómo el conductor bajó, con las manos arriba, nervioso, y abrió el baúl. Un hombre salió de allí. Llevaba una linterna atada al cinto y la ropa manchada, una llave inglesa en la mano y una gorra. “Soy mecánico, agente. Estaba oyendo los ruidos del taxi”, dijo.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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