Helena regresó para la cena con una mirada distinta y un ligero gesto de vida en sus labios que nadie percibió.
Desde las siete de la mañana había trabajado en la comida de la noche. Había ordenado el menú y cuidado cada uno de los detalles de la velada. Era “su” velada. Entre tantas otras carnes y acompañamientos, dispuso de un pollo que ella había bautizado “a la bocachico”: su especialidad.
Eligió el pollo más hermoso que encontró y como primera medida lo narcotizó con un agua de alcanfor que había conseguido por intermediarios. Vivía y moría por los animales y sufría con ellos cuando ellos sufrían. Cuando el ave estuvo dormida e insensible, le arrancó las plumas. Después la llevó a su habitación y la cubrió de pinturas ocre, marrón y amarillo hasta volverla dorada, perfectamente dorada, con matices oscuros y claros. La dejó secar toda la tarde. A las siete, cuando el resto de la cena estaba lista, fue por el pollo y lo llevó a la cocina, le echó condimentos para que la vieran y lo adornó sobre una bandeja con toda clase de hortalizas. Tres horas más tarde vio a la cocinera, Alegría, depositar su obra de arte en la mesa del comedor.
Entonces improvisó tres frases de discurso y le pidió a su padre que inaugurara la cena, y delicada, en una bandeja, le entregó un trinche y un cuchillo. Don Fernando también habló, pero Helena no pudo comprender una sola palabra. Luchaba consigo misma para contener una risa sofocante que la había invadido y la hacía ver más bella que siempre. Hubo aplausos tenues y abrazos medidos. Don Fernando hizo el típico gesto de los señores para convidar a sus 13 invitados a que se sentaran. Inventó una broma sobre los 13, y de pie, se inclinó hacia el pollo “a la bocachica” de su hija. Y lo trinchó. Y el animal acusó la herida, y se revolvió y gimió y cacareó en tonos disonantes y comenzó a patinar sobre la bandeja de plata, y en su desesperación lanzó lechugas y tomates por toda la mesa salpicando el mantel del más puro blanco imaginable, y cuando al fin pudo escapar de su bandeja el trinche se desprendió. Entonces intentó volar tomando impulso sobre los platos que halló y las copas se rompieron y Helena soltó sus carcajadas tanto tiempo reprimidas, y don Fernando gritó que agarren ese animal, que agarren ese animal que yo lo mato, y los sirvientes salieron de la cocina y persiguieron al pollo dorado con la ayuda de algunos comensales que limpiaron sus linos ingleses y sus brocados mientras reían ellos también, o gritaban o maldecían o preguntaban o arreglaban los restos de cena dispersos por aquel campo de batalla del que nunca más se olvidarían.