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A la luz de los faroles

Fernando Araújo Vélez

14 de marzo de 2009 - 10:00 p. m.

Era una noche como cualquiera otra, ni más fría ni más cálida que las demás. Una noche, sin embargo, que le resultaba pesada y algo triste a la señora de Laínez, que no pudo dormir y se levantó varias veces de su cama solitaria para ver pasar la vida o la no vida por la ventana.

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Vio perros y gatos, algún borracho tambaleante, carros, buses fantasmas, taxis. Imaginó un mundo cruel, el mundo en últimas, pues de noche hasta la más pequeña anécdota es grave, profunda, pesada, atemorizante. Un gato negro significó que el fin del mundo estaba ahí nada más, a la vuelta de la esquina. Una mujer que pasó sola se le antojó  como la síntesis de la degradación de la moral y las costumbres. De pronto recordó a Silvio Rodríguez, “Una buena muchacha de casa decente no puede salir...”.  Peor aún, imaginó las primeras planas de varios diarios a la mañana siguiente con la noticia brutal de que a una mujer de veintitantos la habían asesinado en inmediaciones de la avenida 127 y etc.

Se preparó un café, se peinó, intentó mirarse en el reflejo que por momentos surgía del ventanal. Se sintió bonita, muy a pesar del insomnio y el temor. ¿Era bonita?, se preguntó. Luego la invadieron otros miles de interrogantes, cada uno más complejo que el anterior, más depresivo. ¿Por qué estaba sola? ¿Por qué a esa hora no tenía con quién charlar? ¿Y sus hijos? ¿Y sus hermanos? ¿Y aquel esporádico amante con el que tomaba vino barato? Se dejó llevar. Se sumió en una angustia creciente, en un inconformismo infinito que siempre terminaba por doblegarla. Lloró, por supuesto.

Lloró, hasta que su mirada se fue con un camión de la basura que pasaba por la avenida. Compadeció a los recolectores, y vio cómo subían y bajaban del camión, cómo recogían las bolsas negras y las echaban dentro para que una máquina las triturara. Los movimientos se repetían, casi idénticos,  cuadra tras cuadra. De repente la rutina se alteró, porque los recolectores sacaron una bolsa del camión y la dejaron sobre el andén y aguardaron unos minutos. Tic-tac-tic-tac. Entonces pasó un carro negro que se detuvo lentamente. Un hombre salió, recogió la bolsa y la depositó en el asiento de atrás. Les entregó un sobre a los basureros y se fue, con las luces de su Mercedes apagadas.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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