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A los patios

Fernando Araújo Vélez

06 de febrero de 2010 - 02:14 a. m.

El hombre salió de su casa con el hastío de la rutina pegado a su piel, pero se alivió un poco porque aquella mañana no había tantos trancones como de costumbre. Llegaría temprano al trabajo.

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Otro día, otras 8 ó 10 horas, otra cantidad infinita de ilusiones que jamás se cumplirían. Pensaba en la diminuta sorpresa que le podría generar el almuerzo, en un asunto pendiente, cuando vio a lo lejos, sobre la 7ª con 180, un par de policías de tránsito y varios automóviles detenidos. Creyó que alguien se había accidentado. No vio ni autos chocados ni ciclistas arrollados. Se tranquilizó. Pasó de segunda a tercera para retomar su camino. Sin embargo, tuvo que volver a segunda, y luego a primera, porque uno de los agentes lo detuvo.

Le pidieron todos y cada uno de los papeles de su Renault 9 modelo de 1993. Lo inspeccionaron, lo calibraron, olieron, probaron. Cuando le devolvieron los documentos, en orden, el agente Uno sacó una libreta y comenzó a escribir lo que más tarde se transformó en un comparendo. Él preguntó por qué, claro. El policía le dijo que por “revisión tecnomecánica”. Él buscó su certificado y se lo mostró. El policía le informó que se lo habían expedido dos meses atrás y que en dos meses muchas cosas podían ocurrir. Él protestó, por supuesto. Eso no es asunto mío, exclamó. Mío tampoco, le respondió el agente, que se largó en menos de dos minutos a explicarle lo que tenía que hacer porque la grúa se iba a llevar su carro a los patios. Sin remedio.

El hombre maldijo en voz baja por aquello del “irrespeto a la autoridad”. Volvió a preguntar por qué, señor agente, y escuchó de nuevo que él, por experiencia, sabía que ese carro no estaba bien. Por fin, se largó mascullando su ira. Fue a un cajero para sacar el dinero de la multa, el de la grúa, el de los patios, en fin. Quinientos mil pesos mal contados. Al día siguiente tomó un taxi para que lo llevara a la carrera 37 con calle 13, donde debía realizar los primeros trámites para recuperar su Renault. Había filas y filas de gente como él, con el mismo problema y la misma rabia. En la ventanilla indagó de nuevo el porqué de la arbitrariedad. Una señora que se presentó como abogada le contestó: “Los policías casi nunca se equivocan en su veredicto, no necesitan instrumentos, si dijeron que su auto estaba malo pese a la revisión, es que estaba malo”.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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