Pasado algún tiempo, sus vecinos, amigos y conocidos dijeron que desde hacía varios meses se venía comportando de una manera extraña. Claro, ya todo se había consumado.
Los sucesos que el señor Gobernador había protagonizado eran el comentario obligado en la ciudad. Cada quien lo adosaba con un dato de más, con un comentario de menos o una disparatada conclusión. “Porque —decían— todo estaba escrito, era cuestión de que se desencadenaran los hechos”.
El primer capítulo de lo escrito ocurrió una noche de fiesta política en el centro. El señor Gobernador y el Alcalde se encontraron en un ascensor y a solas, como tenía que ocurrir. Habrán discutido, comentaba la gente más tarde y al día siguiente. Habrán recordado viejos episodios, seguro, viejos y oscuros episodios. Se habrán amenazado e insultado. Lo cierto, lo único comprobado fue que el señor Gobernador mordió en la oreja al Alcalde. Se la arrancó de tajo. Después se escabulló y se escondió por unos días.
Volvió a aparecer dos meses más tarde para escribir el segundo y último capítulo de su trágica historia. Alguien, su misma esposa tal vez, dijo una tarde que lo deberían haber remitido a un centro de reposo. Ella lo notaba irascible, violento incluso en ocasiones, sobre todo cuando tomaba, pero le tenía miedo. Le temía. Una noche intentó convencerlo para que se fueran de vacaciones a Europa. Sólo consiguió enojarlo más, “porque —repetía— su deber patriótico era permanecer en la ciudad, al frente de los asuntos impostergables”.
Uno de aquellos días le ordenó a su mujer que llamara a su padre. “¿A mi padre? ¿Por?”, preguntó ella. “Necesito aclarar algo”, concluyó él. A las dos horas llegó el suegro, un poco alterado. Conversaron. Subieron el tono. Se dijeron de todo. Se iban a dar trompadas, pero el señor Gobernador apaciguó los ánimos con una pistola que sacó de su escritorio. Señalando la pistola, su suegro lo desafió a un duelo que terminaron por pactar para 24 horas más tarde, a las cinco y treinta de la mañana. Los dos cumplieron la cita, solos y en silencio, y esa soledad fue la que aprovechó el señor Gobernador para dispararle al padre de su esposa antes de que éste contara hasta 10.