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Bakunin y Marx, la poesía y la prosa

Fernando Araújo Vélez

23 de agosto de 2026 - 06:10 a. m.

“Quien no se atreve con lo imposible, nunca alcanzará lo posible”, había dicho Mijaíl Bakunin en repetidas ocasiones. Sin embargo, cuando murió, el 1 de julio de 1876, inmerso en una soledad a la que había calificado mucho tiempo atrás como “idéntica al egoísmo” e incapaz de hacer feliz a nadie, algunos de sus amigos y familiares acordaron esculpir en su lápida del cementerio Bremgarten-Friedhof de Berna la frase “Recuerda al que lo sacrifica todo por la libertad de su país”. Pasados los años, el viento, el humo, los inviernos y veranos, y la lluvia y el sol y algo de olvido hicieron que aquellas palabras se fueran diluyendo, hasta que en 1916, los Dadaístas del Cabaret Voltaire decidieron cambiar la lápida y reemplazar la vieja frase por la nueva, acompañándola con un grabado de Daniel Garbade.

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Bakunin se había enfrentado casi desde niño a los poderosos y al poder en todas sus dimensiones. Según unos cuantos de sus biógrafos, la revolución de los decembristas en 1825, que pretendía acabar con el zarismo ruso, lo había marcado para siempre. Él apenas acababa de cumplir once años, pero tal vez por ello y por las maneras de ser de su padre, diplomático del imperio, se convirtió en uno de los muchos que se sintieron orgullosos de aquellos militares, aristócratas y ciudadanos de a pie que buscaron revolver todas las realidades rusas, y más de una vez y en distintas oportunidades repitió los versos que les había escrito Alekxandr Pushkin a los rebeldes condenados al exilio de Siberia, “En las profundidades de las minas siberianas, /conservad vuestro orgullo y vuestra paciencia:/ no se perderá vuestra penosa labor/ ni el alto vuelto de vuestro pensamiento”.

Con los años, se volvió cada vez más radical y, al tiempo, más idealista, más lírico. Como escribió en París, luego de trabar amistades con Proudhon, Engels y George Sand, era consciente de que Marx lo llamaba un “idealista sentimental, y tenía razón”. Él, por su parte, decía, consideraba que Marx era “vanidoso y pérfido, y también tenía razón”. Para Isaiah Berlin, “Bakunin difería de Marx como la poesía difiere de la prosa”. En palabras de Francis Wheen, acuñadas en su libro “Karl Marx”, que se dijera y escribiera aquello de que “Bakunin era un espíritu libre y lírico y Marx un trabajador infatigable de pocas luces y poca imaginación” era una forma muy culta y elegante de enfrentarlos y de dejar para la posteridad la imagen de un “libertario humano” contra un “despiadado autoritario”.

Luego de haberse visto por vez primera en 1844, volvieron a encontrarse en Bruselas, poco antes de las revoluciones de 1848. Bakunin aún era comunista, y Marx, un estudioso de la economía y la política y de sus múltiples relaciones. Pese a sus convergencias, los dos sabían muy bien que jamás podrían luchar unidos. Según Wheen, “sus irreconciliables temperamentos jamás permitirían ‘ninguna sincera intimidad’”. Durante el verano de aquel año, la revista de Marx, “Neue Rheinische Zeitung” publicó un rumor que había comenzado George Sand, según el cual Mijaíl Aleksándrovich Bakunin era uno de los agentes secretos del zar en Europa, y que recibía 25 mil francos al año por sus labores de espionaje y provocación. Días más tarde, Sand se retractó y Marx publicó su confesión.

Marx calificó a Bakunin de conspirador en reiteradas oportunidades y Bakunin se encargó de relatar hasta la saciedad que le había dicho que él estaba a cargo de una “sociedad secreta tan bien disciplinada que si le dijera a uno de sus miembros ‘mata a Bakunin’, lo haría”. Más allá de que la frase fuera cierta y de que los dos quisieran nuevos mundos, uno se había declarado anarquista, el primer anarquista, y el otro pretendía crear un estado proletario que guiara al proletariado. Para Bakunin, el ideal era que las comunidades se gobernaran a sí mismas. Creía en los humanos y en lo humano. Para Marx, debían tener guías, autoridades, programas, orden.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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