Baruch Spinoza estaba convencido de que la solidaridad entre los humanos era parte de su naturaleza, y escribió que era “tan natural en los hombres como el miedo y el orgullo”. De alguna manera, le respondía a Thomas Hobbes, quien había dicho que las principales razones que tenían los humanos para actuar, y para disentir, eran la competencia, el miedo y la gloria. En otro aparte de las disertaciones que expuso en su “Tractatus Theologico-Politicus”, 1670, Spinoza dejaba en claro que la ayuda de unos hacia otros era instintiva en el ser humano, y aclaraba que el fin de los gobiernos no era dominar a los hombres “ni sujetarlos por el miedo y someterlos a otro, sino, por el contrario, librarlos a todos del miedo para que vivan, en cuanto sea posible, con seguridad”.
Luchó gran parte de los 44 años que vivió por defender la idea de la libertad. La razón debía llevar a esa libertad, y esos dos estados, a una infinita ampliación de la conciencia humana, que potenciaría la creación, la ciencia, el arte. En últimas, el conocimiento, esencial para el desarrollo de la humanidad. “El fin del Estado, repito, no es convertir a los hombres de seres racionales en bestias o autómatas, sino lograr más bien que su alma y su cuerpo desempeñen sus funciones con seguridad, y que ellos se sirvan de su razón libre…”, afirmaba, y agregaba que no era necesario “negar la vida para obtener la salvación. Todo lo contrario, según las palabras de Jesús, la meta de la humanidad es que ‘tengan vida y la tengan en abundancia’”.
El Tractatus de Spinoza fue publicado por vez primera de forma anónima, y luego de su muerte fue prohibido por los estados de Holanda. Más tarde, la Iglesia lo incluyó en sus índices de libros prohibidos, igual que el resto de los textos que Spinoza dejó y que fueron salvados por algunos de sus seguidores. Eran profanos, ateos, blasfemos, según las autoridades, y fueron enterrados, igual que el nombre de su autor. Las hojas en borrador que quedaron de Spinoza, pese a la persecución y a los investigadores que pretendían encontrarlas e incinerarlas, se multiplicaron en copias de copias y terminaron circulando por varios países más allá de Holanda. Algunos de sus estudiosos tuvieron que exiliarse y enviar sus cargamentos “spinozianos” al destino elegido destino por medio de diversos tejidos de redes clandestinas.
Doscientos años más tarde, días más, días menos, Hegel y Schelling, entre otros, resucitaron a Baruch Spinoza, y reivindicaron sus ideas y textos. Un siglo más tarde, Giles Deleuze afirmó que había sido “el príncipe de los filósofos”. Según quienes estudiaron su vida y su obra, Spinoza pensaba e incluso murmuraba y hablaba en voz alta, mientras se dedicaba a limpiar y pulir lentes en su estudio de Ámsterdam. Jamás aceptó una moneda a cambio de sus escritos, y menos, honores o cargos. Le quitaban libertad, solía sugerir.