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“Yo, cuando empecé a ver ya empecé a dejar de ver”, le comentó Jorge Luis Borges a Ernesto Sabato en una de sus charlas de los sábados de mediados de los setenta organizadas por Orlando Barone, que tiempo después se convirtieron en un libro, “Diálogos”. Luego le comentó que su padre, Jorge Guillermo Borges, siempre había querido que él fuera escritor, “el escritor que él no había podido ser”. Le sugirió que leyera todo cuanto pudiera y que escribiera, pero sobre todo, que rompiera muchas, muchas hojas y que jamás se dejara llevar por las prisas de publicar. “Me dijo también que no le mostrara lo que escribiese porque no quería influir sobre mí”, y cuando en 1923 terminó los poemas de “Fervor de Buenos Aires”, su primer libro, “que no me parecía del todo indigno”, le dio el dinero para su impresión, 300 ejemplares que salieron con una ilustración de su hermana Norah en la portada.
“Yo quise que él lo leyera y le di un ejemplar, pero nunca me hizo ningún comentario. Con el tiempo descubrí que ese ejemplar que él había guardado tenía correcciones y páginas enteras con tachaduras”. Pasados muchos años, Borges publicó sus obras completas, y tuvo en cuanta las indicaciones de su padre para hacer sus correcciones. “Seguí su tendencia, como esa de suprimir palabras arcaicas”. Don Jorge Guillermo Borges era agnóstico, psicólogo y abogado de profesión, y como lo resaltaba su hijo, “decía que los códigos no tenían nada que ver con la justicia”. Algunas de sus divergencias tenían que ver con la literatura. “A mí me gustaba Dickens y a él le disgustaba. Tengo la impresión de que le molestaban las bromas de Dickens. En cambio Butler lo entusiasmaba. Y no le desagradaban las bromas de Mark Twain”.
Aquel primer libro en el que Borges escribió “Las calles de Buenos Aires / ya son mi entraña”, salió a la calle sin índice ni numeración. Según él mismo lo relató, había presupuestado con la editorial Serantes que tendría 64 páginas, pero cuando sus manuscritos pasaron a letras de máquina, los impresores y él se dieron cuenta de que sobraban varios poemas. Tuvo que eliminar cinco y jamás pudo recordar ni cuáles eran ni de qué se trataban. El libro fue impreso en cinco días. Cuando salió, Borges le regaló algunos a sus amigos y familiares, y fue a la revista “Nosotros” y le dejó a Alfredo Bianchi, su director, cincuenta. Bianchi le preguntó si creía que iba a poder vender todos esos libros, pero Borges le respondió que su intención era que los guardara en los bolsillos de los abrigos de los visitantes. Al día siguiente viajó a Suiza y regresó un año más tarde.
En su ausencia, varios de los visitantes que dejaban sus abrigos en el perchero de la revista “Nosotros” habían escrito sobre sus versos. “Me gané una modesta reputación de poeta”, diría. Treinta y cinco años más tarde, y pasadas dos nuevas publicaciones de “Fervor de Buenos Aires”, volvió a trabajar en aquel libro. Dijo que no eran “corregibles” esos poemas, “solo puedo moderar fealdades extremas”, y habló de haber mitigado “excesos barrocos”. Limó asperezas, tachó “sensiblerías y vaguedades”, y al final de la enésima reedición que hizo del libro concluyó que “aquel muchacho que en 1923 lo escribió ya era esencialmente —¿qué significa esencialmente?— el señor que ahora se resigna o corrige”.
