De su puño y letra, Camilo José Cela y otros nombres le envió una carta al “Excelentísimo señor comisario general de investigación y vigilancia” del Cuerpo Policial de Vigilancia del Ministerio de gobierno de España en la que la solicitaba ingresar a su organización pues creía “poder prestar datos sobre personas y conductas que pudieran ser de utilidad”. Al final, antes de su firma, dejó en claro que aquella petición la había escrito en La Coruña, a 30 de marzo de 1938. Luego añadió “II año triunfal”. Cela trabajó como censor del gobierno de Francisco Franco entre 1943 y 1944. Según algunas investigaciones del profesor Pere Ysás Solanes, basadas en documentos de 1963 que halló en el archivo general de Alcalá de Henares, luego de su renuncia como censor, Cela continuó colaborando con el franquismo.
Cuando renunció, escribió que estaba “lleno de dolor por muchas cosas. Un libro retirado y otro prohibido, ni un solo premio ni grande ni pequeño y un sistemático desplazamiento de puestos (…) me han llenado de amargura, que es, el mejor antídoto contra el resentimiento”. “La familia de Pascual Duarte” y “La colmena” eran las novelas a las que se refería. Pese a que él prefería la primera, fue la segunda la que le dio los honores, el prestigio, el dinero y la inmortalidad que había estado buscando desde sus tiempos de estudiante de medicina, cuando se escapaba de las clases de anatomía para irse a escuchar las lecciones de don Pedro Salinas sobre literatura y vida, vida y mundo, mundo y destino, donde entre otros personajes conoció a Miguel Hernández y a María Zambrano.
En las páginas de “La colmena”, Cela retrató la Madrid de los primeros años 40 y dio cuenta del hambre y la peste, del miedo, de la violencia que vivían los sobrevivientes o supervivientes de la Guerra Civil. “La mañana, esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena… ¡Que Dios nos coja confesados!”. Como él mismo lo vio y vivió del 36 al 39, eran todos contra todos, con disfraces de rojos o de caquis o grises, de revolucionarios o falangistas, pero todos contra todos. Posibles delatores, como él, y posibles condenados. Posibles colaboradores del régimen y posibles perseguidos. Albañiles, mercaderes, conserjes, médicos, abogados o intelectuales, todos buscaban una salvación, y alguno que otro, añadirle a su salvación unas cuantas medallas en el pecho.
A comienzos de los 60, durante una huelga de mineros en Asturias por malos tratos, explotación y demás, un grupo de 102 escritores se reunió para enviarle a Franco una carta de protesta, seguida de otra, más universal y cruda. Según Ysás Solanes, Cela le informó al director del departamento de Información que varios de aquellos intelectuales, Vicente Aleixandre, José Bergamín, Pedro Laín Entralgo, o Gabriel Celaya, eran “perfectamente recuperables, sea mediante estímulos consistentes en la publicación de sus obras, sea mediante sobornos”. También aconsejó que se creara una editorial “privada” para darles cabida a los disidentes con cargos, ojalá de diplomáticos, premiarlos y callarlos. Pasados varios años, con un Nobel y un Cervantes a cuestas y los documentos de la creación de la editorial Alfaguara, dijo: “Si un escritor no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro”.