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Los rumores, los dedos índice que apuntaban hacia él cada vez que salía a la calle, las acusaciones de adulterio que se metían por los callejones y recorrían los oscuros, fríos, enlodados, malolientes y ruidosos barrios que él había descubierto como mensajero y pasante del bufete de abogados Ellis & Blackmore, a los 12 y 13 y 14 años, y que luego escribió y describió en sus cuentos y novelas, David Copperfield, Oliver Twist, Grandes Esperanzas, llevaron a Charles Dickens a emitir una declaración pública en la revista que había fundado, Household Words, y a publicar una especie de aviso publicitario en las primeras páginas de otras publicaciones, en los que negaba que hubiera tenido algún tipo de amorío extramarital. Hacía años que Dickens era el blanco preferido de los chismes del bajo y del alto Londres, en los tiempos victorianos en los que el adulterio era poco menos que un crimen.
Su matrimonio con Catherine Thompson Hogarth se había roto, luego de diez hijos y viente años de convivencia, “por incompatibilidad de caracteres”, según dijo, y él era visto de vez en cuando con Ellen Ternar, una actriz a la que le doblaba la edad y más. Algunos de sus hijos y de sus amigos, incluido el médico de la familia, quien luego escribió una carta en donde sugería que Dickens le había pedido que emitiera un certificado de locura para su esposa, le aconsejaron que no publicara nada con respecto a las habladurías. Por aquellos años, ya Dickens se había transformado en el héroe de su propia historia, como solía decir, y había convertido su infancia de pensión en pensión, y sus trabajos de etiquetero en una fábrica de betunes y sus recorridos como recadero y la prisión de su padre por deudas y las tardes y las noches sin comer, en partes de la construcción de algunos de sus textos.
Cuando se separó, en 1858, las habladurías continuaron. “¿Vieron que teníamos razón?”, decían en distintos tonos y con diferentes palabras los miles de miles de lectores que hacían fila para comprar sus libros o las revistas en las que se publicaban sus historias por entregas. La vida de David Copperfield, con sus más y sus menos y sus pormenores, que según sus biógrafos era su propia vida, o la de Oliver Twist, con sus veladas y no tan veladas denuncias sobre las condiciones en las que vivían los niños en la Inglaterra del siglo XIX, eran más valiosas que los asuntos de amores de su creador. Los vicios del autor no invalidaban su obra. Dickens falleció en la casa de campo que veía y visitaba a menudo desde que era niño, y que logró adquirir por la venta de sus novelas, Gads Hill Place, en el condado de Kent, y fue sepultado en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster.
En su testamento había pedido que su nombre fuera inscrito “en letras inglesas sencillas”. No quería ni grandes honores ni multitudes.
