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Durante muchos años, más de 15 tal vez, mintió sobre aquella mujer de brillo enigmático que se encontró en el metro de París y bautizó sin más ni más como La Maga.
Era su preámbulo ideal para relatar luego su gran historia con Julio Cortázar. Un día, sin embargo, un lejano amigo puso en duda todo porque, como dijo, las casualidades no podían ser tan perfectas. Aquel sencillo argumento lo desbarató, pero él no quería dejar de lado a su ilusión femenino literaria. Fantasma, realidad o quimera, su Maga, o La Maga, quién podría saberlo, era algo más que un amor. Él no podía desprenderse de ella como si tal cosa. Incluso, cuando rodaba por aquellos tiempos en los que se debatía entre el sí y el no, solía terminar sus divagaciones con una de las más cortazarianas frases que recordaba, “pero el amor, esa palabra...”.
Una tarde la mató. Lloró a escondidas, quizá, nunca quiso aclararlo. Pasados muchos años dijo que había tenido que hacerlo en aras de la credibilidad. Además, comentaba, en la medida en que pasaban las décadas su Maga iba perdiendo tersura y, sobre todo, vivacidad. De fantasma había pasado, por momentos, a monstruo, aunque igual siguiera siendo El amor (Pero el amor, esa palabra...). La mató, sí. En silencio, de un solo tajo, lo más rápido que pudo para no tener tiempo de arrepentimientos. Entonces se escondió por ahí, semanas y meses. Nadie lo volvió a ver, nadie volvió a saber de él. Ni siquiera se apareció las tantas veces en que para conmemorar un año más de la muerte de Cortázar, en París, Roma, Buenos Aires o Madrid sus “devotos” organizaban exposiciones y charlas que, inevitablemente, pasaban, terminaban o se iniciaban con La Maga y con Rayuela.
Una noche lo vieron en la librería del Ateneo de la calle Santa Fe, en Buenos Aires, rodeado por algunos literatos europeos. Él les hablaba, movía las manos, callaba y recordaba aquella tarde del metro en París, cuando en un vagón medio vacío vio a un hombre muy alto, de abrigo largo y barba: Cortázar. Lo siguió al salir del tren, lo persiguió por la estación y en la calle, a su sombra media hora, una hora. “Yo quería hablarle —contaba—, pero en un principio no me atreví. Después ya no quise, era preferible mantenerlo en mis ideales. Cortázar sin aliento, sin posibles desprecios, sin humanidad”.
