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Jorge Luis Borges escribió a menudo sobre G. K. Chesterton. Tal vez, decían sus investigadores y críticos, intentaba comprender por qué si podría haber sido Poe o Kafka, había preferido ser él, Chesterton, y por qué él le agradecía una y cientos de veces por haberse inclinado hacia esa opción. Chesterton luchó contra los manuales de ocasión por ser él, y a los cuarenta y tantos años decidió oficializarse como católico. En palabras de Borges, “Pasó de la fe anglicana a la católica basada, según él, en el buen sentido. Infirió que lo extraño de dicha fe está en armonía con lo extraño del universo, así como la peculiar forma de una llave se adapta perfectamente a la forma especial de una cerradura”. Para él, aquella decisión perjudicó su fama, ya que los ingleses lo redujeron a ser un “mero propagandista católico”.
Chesterton se reunía de cuando en cuando con George Bernard Shaw. Hablaban, discutían, se escribían, debatían y posaban a regañadientes para una que otra fotografía. Uno, Shaw, era partidario del “Súperhombre”. El otro, Chesterton, le respondía: “El señor Shaw no logra comprender que para nosotros aquello que es precioso y digno de amor es el hombre, el viejo bebedor de cerveza, creador de formas de fe, combativo, falaz y respetable. Y las cosas basadas en esta criatura permanecen a perpetuidad; las cosas basadas en la fantasía del Superhombre han muerto con las civilizaciones moribundas que las generaron. Cuando, en un momento simbólico, estaba colocando las bases de Su gran sociedad, Cristo no eligió como piedra angular al genial Pablo ni al místico Juan, sino a un embustero, un esnob, un cobarde: en una palabra, un hombre”.
Chesterton había incluido a Shaw en su libro “Herejes”, de 1905, y consideraba que tenía la audacia de ver y pensar el mundo y la vida de un modo distinto al suyo. “Lo tomo en cuenta como un hereje, es decir, como un hombre cuya filosofía es sumamente sólida, sumamente coherente y sumamente infundada”, escribió. Era un hombre de medidas casi infinitas. Inmenso. Su inmensidad lo llevó a la muerte en 1935, apenas cumplidos los 62 años. Había decidido comprender, y había comprendido que para escribir sólo una cosa era necesaria, todo, como lo repitió Borges al final de unas charlas que dio en la Universidad de Columbia en 1972. Aquel “todo” eran Dios, su contrario, la fe, el descreimiento, el dolor, la alegría, las ironías a las que era tan adepto, la libertad, el hacer y también el no hacer.
“Todo” eran la risa y las razones de su risa, y tratar de inducir a los humanos a ver lo maravillosamente humano de sus vidas. Las contradicciones, las pocas certezas y los eternos interrogantes. Cuando murió, Mircea Eliade dijo, palabras más, palabras menos, que Inglaterra y el mundo cristiano habían perdido a su gran contradictor, y que sin él, todo sería confuso.
