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Uno de niño los veía como Héroes de guerra, aunque no supiera qué era la guerra o la muerte, y nos la pasáramos jugando con escopetas de escoba que disparaban balas invisibles pero certeras.
Uno de niño los veía con sus uniformes rojos, sus gorros negros y sus pantalones a tono, parecidos a los de Buckingham o a lo que nos decían que eran los de Buckingham, y los imaginaba viviendo allí, en el monumento de Los Héroes. ¿Comían? ¿Dormían? ¿Se quitaban sus chaquetas de paño pesado en algún momento? ¿Tenían pelo y cabeza debajo de sus gorras? No, por supuesto que todo era no.
Un domingo no los vi. Al domingo siguiente, tampoco, pero igual, desafié la autoridad de mis padres y me bajé de su carro porque yo quería buscarlos. Encontrarlos, más bien. Y subí las escaleras que llevaban al rellano. Y leí una cantidad infinita de nombres de batallas fastuosas entre cuyas letras vi soldados, caballos, bayonetas y todo eso. Me asomé debajo de un portón. Sólo vi oscuridad. Oscuridad y silencio, silencio y humedad. Tristeza.
Lloré, me dejé caer sobre el cemento. Mis Héroes se habían ido. ¿A dónde? ¿Por qué? ¿Con quién? La semana que siguió fue deplorable, sobre todo porque no me atrevía a preguntar por los soldaditos. Sin embargo, el sábado recuperé mi mejor ilusión, pues oí o soñé por ahí que los Héroes descansaban de cuando en cuando. El domingo volví por mi cuenta a la Autopista Norte con 80. Me senté en las escalinatas minutos, y horas y más horas. Un policía me preguntó si estaba bien. Una señora indagó por mis padres. Un mendigo me pidió “una limosnita por favor”. Dormí, creo, pues de pronto me vi rodeado de noche, y en la noche ya debía estar en casa. Meses después alguien me comentó que la academia San Jorge que preparaba a los Héroes había desaparecido. El asunto de los soldados se diluyó hasta volverse nada.
Se fueron entonces los años. Los recuerdos. Unos días atrás todo aquello retornó, pues un señor de sesenta y tantos me contó que él era uno de los Héroes de la 80, que hacía guardia todos los domingos y tenía órdenes terminantes, como los soldados de Buckingham, de no tocar a los niños que se le acercaban. Me relató que un viernes, muchísimo tiempo después, arrojó su uniforme al mar, casi derretido de la vergüenza, pues un primo Héroe como él lo había convencido de que en todas las ciudades que visitaran tenían que anunciarse ante el comandante de turno. Y ellos fueron a Cartagena. Y empacaron sus uniformes de paño grueso. Y se subieron en un bus a pleno sol, vestidos de rojo y negro, calcinados de sudor. Y presentaron sus honores ante el almirante X, que jamás comprendió cómo un par de locos-Héroes podían andar con uniformes así por Cartagena a las 12 del día.
