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David Hume, las pasiones y el caos

Fernando Araújo Vélez

05 de julio de 2026 - 06:10 a. m.

Poco antes de morir, en los últimos días de agosto de 1776, una de sus más cercanas amigas, Katharine Mure, le rogó que quemara sus libros, o que si se lo permitía, los echaría a una hoguera ella misma. Para ese momento, ya David Hume se había transformado en una persona temida en Escocia, especialmente en Edimburgo, donde había nacido en 1711. Los tres volúmenes que había escrito de su “Tratado de la Naturaleza Humana” le habían dado un piso a la creación y la comprensión de un código moral racional. “No hay asunto de importancia, cuya decisión no esté comprendida en la ciencia del hombre; y no hay ninguno que pueda decidirse con alguna certeza antes de habernos familiarizado con tal ciencia”.

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Hume había escrito su tratado a los 28 años, y hasta los últimos días de su vida se dedicó a pensar, a comprobar, a demostrar, a debatir. Según algunos de sus biógrafos, jamás siquiera fue profesor adjunto. Los intelectuales y los catedráticos y los directivos le temían. A fin de cuentas, había decidido derrumbar cuanto dogma se le atravesara en la vida, comenzando por Newton, por ejemplo, pues Newton había descrito la gravedad, decía Hume, pero no la había explicado, y afirmaba que el conocimiento se fundamentaba en la causalidad, cuando en realidad la causalidad era un algo absolutamente imposible de demostrar. Si una bola de billar golpeaba otra y esta se movía, no era por causalidad, sino por contigüidad, argumentaba Hume.

Para él, el conocimiento se transformaba en creencia, más tarde o más temprano, y no era el resultado de ningún proceso racional, sino una suma de decisiones tomadas casi al azar. Las religiones, con sus dioses, sus motivos, sus causas últimas y sus milagros era un total sinsentido. La razón era esclava de las pasiones, por eso, la ciencia estaba arropada bajo un manto de sospechas. “Según él -como lo afirmó Peter Watson en su libro “Ideas”-, no había leyes de la naturaleza ni yo ni propósito de la existencia, sino caos”. Por ello, era poco menos que imposible intentar acercarse a una posible explicación sobre los “principios últimos del alma”.

En medio de las tormentas que desataba, Hume solía sonreír y pasearse por las callecitas del centro de Edimburgo. Era un hombre de pasiones moderadas, que se vestía para pasar desapercibido y que solía invitar a sus amigos y conocidos a cenar en su casa.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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