Unos versos de Osip Mandelshtam que decían, “Vivimos inmersos sin sentir el país / Nuestras palabras se esfuman a diez pasos, / Donde sólo basta un charlatán a medias / recordarán al montañés del Kremlin. /Sus gruesos dedos son grasos, cual gusanos, / Y sus palabras, pesadas, son ciertas…”, fueron dichos y repetidos por algunos poetas, hasta que alguno de ellos lo delató y se los recitó a Iosef Stalin. Pasados unos días, la policía secreta soviética irrumpió en el apartamento de Mandelshtam. Como lo escribiría Anna Ajmátova, “El registro duró toda la noche. Buscaban poemas y estuvieron revisando los manuscritos que había tirado en un baúl (…). Se lo llevaron a las siete de la mañana”. Corrían los primeros días de mayo de 1934.
Pasadas cuatro semanas, Boris Pasternak recibió una llamada del secretario personal de Iósif Stalin, Alexander Poskrebyshev, quien le indicó que apenas él colgara, marcara el código que le iba a suministrar. Pasternak dudó, como dijeron y escribieron sus biógrafos y unos tantos historiadores muchos años más tarde. Pensó que podía ser una broma de sus amigos, o una advertencia, a fin de cuentas, ya había oído que los poetas estaban vigilados, y que incluso, el suicidio de Vladimir Mayakovski cuatro años antes, había sido en realidad un asesinato, pues Mayakovsky representaba todo aquello que el régimen no deseaba. Era el pasado, la vanguardia del arte por el arte, y no el portavoz de la grandeza soviética y del proletariado.
Pasternak marcó el código y en menos de diez segundos escuchó la voz de Stalin, que le informó que el caso de Mandelshtam se había reexaminado, y que sería enviado a un exilio moderado en una ciudad de tercera o cuarta categoría. Luego de un silencio corto, le preguntó si era amigo de Mandelhstam. Pasternak respondió que los poetas no solían ser amigos entre sí pues en la mayoría de los casos se envidiaban. Entonces Stalin lo interrogó sobre las virtudes de Mandelhstam como poeta. Según Ismaíl Kadaré, en su libro “Tres minutos. Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak”, quería saber si Pasternak estaba de acuerdo con el poema que había escrito Mandelshtam sobre él, pero no obtuvo ninguna respuesta clara.
Para Kadaré y para Steven Kotkin, biógrafo de Stalin, la respuesta de Pasternak fue confusa y molesta, y desde aquel día no dejó de pensar que en cualquier instante llegarían por él, pues consideraba que estaba en la lista negra del secretario general de la Unión Soviética, y por lo tanto, de los altos mandos de la NKVD, el Ministerio del Interior y la policía secreta del Estado. De todos modos, siguió con sus textos y traducciones, y en el 55 terminó “El doctor Zhivago”, una novela que contaba la historia de amor de un hombre, Yuri Zhivago, en los tiempos de la revolución bolchevique. El gobierno la censuró por considerarla una “difamación maliciosa”, pero el manuscrito rodó de forma clandestina hasta Italia, donde fue impresa y cientos de miles de veces reeditada.
Incluso, la Central de Inteligencia de los Estados Unidos la acogió y promovió en plena Guerra Fría para desprestigiar a los soviéticos, y Hollywood la volvió cine unos años más tarde, en el 65, con Omar Sharif como protagonista. En el 58, la Academia Sueca le otorgó el Nobel de literatura a Pasternak. Cartas, telegramas, llamadas, visitas. Luego de unos días, Pasternak le agradeció a la academia el honor y renunció al premio.